LA RESURRECCIÓN ES LA CORONA DEL PADRE A LA OBRA DE JESÚS Y A LA
NUESTRA.
Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean
borrados (Hch 3, 19) Y SEAN HOMBRES NUEVOS.
¿Quiénes viven para el Señor? La respuesta
la encontramos en la teología de san Pablo: “Si vivimos, para el Señor vivimos;
y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor
somos. Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de
muertos y vivos. (Rm 14, 8-9) Pues los que son de Cristo Jesús, han crucificado
la carne con sus pasiones y sus apetencias. Si vivimos según el Espíritu,
obremos también según el Espíritu. No busquemos la gloria vana provocándonos
los unos a los otros y envidiándonos mutuamente. (Gál 5, 24- 26)
Acuérdate
de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, según mi
Evangelio; por él estoy sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor; pero
la Palabra de Dios no está encadenada. Por esto todo lo soporto por los
elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús
con la gloria eterna. (2 de Tim 2, 8- 10) Por eso nos dice en la carta a los
colosenses: Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de
arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de
arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta
con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también
vosotros apareceréis gloriosos con él.
(Col 3, 1- 4)
Si habéis muerto con Cristo también habéis resucitado con él a una
nueva vida, la Vida Eterna, la vida de Dios. Tenemos un Redentor y un Salvador,
Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios que nos amó y se entregó por nosotros. Ahora
nos invita a “levantarnos, tomar nuestra camilla e irnos a casa”, esto es
convertirnos. Él está con nosotros como un Maestro interior. Nos invita amarlo
y a servirlo aceptando su Cruz, tal como lo dice el Apóstol:
Por tanto,
mortificad vuestros miembros terrenos: fornicación, impureza, pasiones, malos
deseos y la codicia, que es una idolatría, todo lo cual atrae la cólera de Dios
sobre los rebeldes y que también vosotros practicasteis en otro tiempo, cuando
vivíais entre ellas. Mas ahora, desechad también vosotros todo esto: cólera,
ira, maldad, maledicencia y palabras groseras, lejos de vuestra boca. No os
mintáis unos a otros. Despojaos del
hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va
renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su
Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro,
escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos. (Col 3, 5- 11)
El que se
convierte lleva una vida resucitada, busca las cosas de arriba, no las de abajo
por ha muerto con Cristo y su vida está ahora escondida en Cristo. La vida
resucitada la da una manera de pensar nueva, la manera de pensar de Cristo: “Todos
somos iguales en dignidad”, pero, “diferentes en dones y en carismas”. Ahora
vivir como hombres nuevos, como hombres y mujeres que hemos resucitado en
Cristo. Practicando el bien y rechazando el mal (Rm 12, 9) Dándole muerte al
hombre viejo, negándole el alimento y dándole vida al hombre nuevo (Col 3, 5)
La vida resucitada pide:
Revestíos,
pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de
bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y
perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os
perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del
amor, que es el vínculo de la perfección. Y que la paz de Cristo presida
vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo Cuerpo. Y
sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza;
instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos, himnos y
cánticos inspirados, y todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo
en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre. (Col 3,
12- 17)
El
alimento del hombre nuevo es el mismo alimento de Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y
llevar a cabo su obra. (Jn 4, 34) La Palabra de Dios manifestada
en Cristo que puso su Morada entre nosotros (Jn 1, 14) Ahora la Morada de
Cristo está en el corazón que tiene una “Fe sincera, un corazón limpio y una
recta intención (1 de Cor 1, 5) “Habita por la fe en nuestro corazón” (Ef 4,
17) Es nuestro Maestro interior, es nuestra Luz (Jn 8, 12) que nos guía y nos
transforma, llevándonos a una vida resucitada para que demos frutos de vida
eterna: El amor, la paz, el gozo, la humildad, la mansedumbre, y otros más (Gál
5, 22- 23).
Ahora
podemos decir con Pablo: “Para mí la vida es Cristo y la muerte es ganancia”
(Flp 1, 21)
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