LA ORACIÓN DEL JUSTO TIENE MUCHO PODER. (ST 5, 16)

 


LA ORACIÓN DEL JUSTO TIENE MUCHO PODER.  (ST 5, 16)

La Oración es para la fe, como el aire para los pulmones, sin oración, poco a poco nos vamos quedando sin fe y va creciendo la fuerza del pecado. Las ganas de oración vienen de ver a otros orar: Y sucedió que, estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, ensénanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos.» (Lc 11, 1)

Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo. (Mt 6, 6ss)

Orar es dialogar con Dios, podemos hablar y podemos escuchar. La Oración por excelencia es en silencio, sin palabras, pues el Señor conoce lo que hay en nuestros corazones y el Espíritu Santo viene en nuestro auxilio (Rm 8,26) Orar es poner en las manos de Dios todas nuestras preocupaciones por que él se preocupa de nosotros (1 de Pe 5, 7)

¿Cómo podemos orar? Como hijos de Dios y como hermanos de los demás. Que nuestra oración sea humilde como la del publicano (Lc 18, 13) Agradecida como la del leproso que fue sanado y regresó a dar gracias. (Lc 17, 11- 19) Con fe, es decir en gracia de Dios, porque el que está en las manos de Dios, su fe mueve montañas. Intercesora como la de María: “No tienen vino” (Jn 2, 3)

La oración del justo tiene poder. El justo en el Antiguo Testamento es el que practica la justicia, el que hace el bien, el que guarda los mandamientos de la ley de Dios. En el Nuevo Testamento le añadimos diciendo justo es el que ha sido justificado por la fe y no por las obras de la ley (Gál 2, 16; Rm 5, 1) Justo es el que está en comunión con Dios en Cristo Jesús: Es como un árbol plantado a la orilla de un río, sus raíces están en el agua, sus ramas están verdes, aún en tiempo de sequía y estás dando frutos los doce meses del año (cf Sl 1; Is 40 )

Jeremías, el profeta nos habla de su experiencia: “Invócame, y Yo te oiré benigno” (Jer 33, 3) Dios le responde al profeta: “Si te vuelves a mí porque yo te haga volver, volverás a ser mi boca, y sí separas la escoria del metal precioso volverás a ser mi servidor (Jer 15, 19- 20) “Si me buscáis de todo corazón, me dejaré encontrar por ti” (Jer 29. 12- 13) Juan el apóstol confirma lo que ha dicho Jeremías: “Me invocaréis y vendréis a buscarme y Yo os escucharé” (Jn 16, 24)

El justo es el que hace la voluntad de Dios, manifestada en el padre Nuestro: Santificado sea tu nombres y venga tu reino a nosotros” (Mt 6, 9) Es el hombre que aborrece el mal y ama apasionadamente el amor (cf Rm 12, 9) Justo es el que da la espalda al mundo para seguir a Cristo. Así lo dice el profeta Isaías: “Vuestros pecados le han hecho volver su rostro para no escucharlos” ( Is 59, 2) El pecado nos priva de la gloria de Dios, y hace que Dios cierre sus oídos para no escucharnos  y se tape los ojos para no vernos porque nuestras manos están manchadas de sangre (Rm 3, 21; Is 1,14- 15)

Entremos por eso en la Voluntad de Dios para garantizar nuestros rezos y plegarias por que el mismo Jesús nos ha dicho: “No todo el que diga Señor, Señor, entra en la casa de mi Padre, sino el que hace su Voluntad (Mt 7, 21) Entremos al amor, a la verdad y a la vida (Jn 14, 6) Y digamos con el apóstol: “Si le pedimos, según su voluntad, nos escucha” (1 de Jn 5, 14) “Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré” (Jn 14, 13) Todo lo que está conforme a la voluntad de Dios, todo lo que es para la gloria de Dios y para el bien de los hombres, esto es recta intención que es inseparable de la fe sincera (1 de Tim 1, 5) Santiago nos pone un aviso con letras grandes para que sean legibles: “Pedís y no recibís porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones” (St 4, 3) Estamos en la carne que no es grata a Dios (Rm 8, 8) Por eso el mismo Pablo viene en nuestra ayuda al decirnos: “No sabemos pedir lo que conviene” (Rm 8, 26).  El mismo Espíritu Santo es nuestro Maestro en oración, y es nuestro abogado y nuestro ayudante: “Ora en nosotros, según la voluntad de Dios”.

La clave para garantizar nuestra oración es ser de Cristo para ser una Creación Nueva, estar en gracia de Dios (cf 2 de Cor 5, 17) Así lo confirma san Juan, el apóstol:  “Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pedir lo que queráis y lo conseguiréis” (Jn 15, 7). “Solamente unidos a mí, podéis dar fruto, sin mí nada podéis hacer” (Jn 15, 4) Marcos viene en nuestra ayuda al decirnos: “Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis. Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas”.  (Mc 11, 24- 25) Es lo mismo que dice Mateo: Cuando vengas al altar a traer tu ofrenda y te acuerdas que tiene algo contra tu hermano, deja tu ofrenda junto al altar y ve a reconciliarte (cf Mt 5, 23- 24)

Al Señor le agrada la oración comunitaria, le fascina: “Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt 18, 19- 20) En oración busquemos primero el Reino de Dios y lo demás vendrá por añadidura (Mt 6, 34) Busquemos las cosas de arriba donde esta Cristo sentado a la derecha del Padre: las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. (Col 3, 1- 13)

«Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! (Mt 7, 11- 13)

Terminemos nuestra reflexión sobre la oración con el criterio de oro:”Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas”. (Mt 7, 12) y con las palabras de Lucas: “¿Por qué me llamáis: "Señor, Señor", y no hacéis lo que digo?” (Lc 6, 46).

«Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal. «Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas. (Mt 6, 9- 14)

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