JESÚS: AMOR ENTREGADO Y MODELO A SEGUIR

 

9. JESÚS: AMOR ENTREGADO, MODELO A SEGUIR

 

Objetivo: Resaltar lo esencial del cristianismo, el amor de Dios manifestado a los hombres en Cristo Jesús para que a la luz de la justificación por la fe, aceptemos a Cristo como nuestro salvador, maestro y Señor de nuestras vidas.

 

Iluminación. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida eterna” (Jn 3, 16) “La prueba de que Dios nos ama es que siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5, 6)

 

“La fe es una adhesión personal del hombre entero a Dios que se revela. Comprende una adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo mediante sus obras y sus palabras” (Catic 176) Adherirse es darse, es entregarse, es amar, es obedecer y servir a Cristo y a su Mensaje de salvación.

 

1.          La Obediencia del Hijo.

 

Cristo es obediente a la voluntad del Padre, hasta la muerte de cruz (Flp 2, 8). Libre y conscientemente se convierte en el Siervo de Dios. Consciente, toma la decisión de subir a Jerusalén; sabe a dónde va y a qué va; camina obediente hacia el Padre a quien está unido en el amor. Antes de llegar a la Casa del Padre, acepta consciente y libremente pasar por la cruz como un signo de amor a los hombres sus hermanos; así éstos podrán estar donde Él está Cfr Jn 12, 26). San Pablo manifiesta esta hermosa verdad diciendo: “me amó y se entregó por mí” (Gál. 2, 20)Nos amó y se entregó por nosotros como hostia vivan santa y agradable a Dios” (Ef 5, 1). Jesús es el Amor entregado. Entregado por Dios a los hombres para que hicieran con Él lo que les diera la gana: lo mataron. Jesús es el Amor que se entrega a sí mismo: “Mi vida no me la quitan, yo la entrego” (cf Jn 10, 18) Para que el mundo tenga “Vida en abundancia” (Jn 10, 10)

 

2.          La delicia del Hijo.  

 

“Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre y llevar a cabo su obra” (Jn 4, 34) La obra del Padre es mostrar al mundo su rostro de amor, de perdón, de ternura, de misericordia, de verdad…Todo Dios se revela en Jesús,  el Hijo amado del Padre. En Jesús y por Jesús Dios nos ama, nos perdona, nos salva, nos da su Espíritu, nos hace hijos suyos y hermanos de los hombres. Jesús viene a restaurar o reconstruir la Humanidad enferma y dañada por el pecado: “Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Este es un amor salvador. Un amor de Dios al hombre para que no muera, sino que  “tenga vida eterna en abundancia”.

 

3.          El acto de fe, manifestación del amor del Hijo.

 

Jesús pasa su prueba en la oración del Monte: “Padre si es posible aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 42) Con este acto de fe sincera y profunda Cristo se afirma como el Mesías de Dios. Acepta hasta el fondo la voluntad de su Padre, respondiéndole con una triple afirmación: “Si te amaré, sí te obedeceré y sí te serviré”.  Esta acción Cristo la realiza en la cruz. Por este acto de obediencia la Humanidad ha sido redimida.

 

La salvación que Dios nos ofrece en Cristo tiene dos dimensiones: por un lado nos saca del mal y por el otro nos gana el don de la “Gracia” (cfr Gál 4, 4-6; Col 1, 13) La Gracia es Dios mismo que se nos dona en su Hijo y en el Espíritu Santo que nos hace hijos de Dios. Jesús con su muerte y resurrección libera al hombre del pecado y de la muerte. Pero sobre todo borra de la historia del hombre el dominio del pecado, y, quita además el dominio de la muerte. Jesús es el Redentor y el Salvador de los hombres.

 

4.         Cruz y Resurrección.

 

Para poseer el verdadero conocimiento de Dios en Cristo, el hombre es llamado a ser testigo de la “muerte y resurrección de Cristo”. Sumergirse en la Pascua de Cristo es morir con él y resucitar con él (Rom 6, 11) para salir victorioso del “pozo de la muerte” y apropiarse de los frutos de la redención: El perdón, la paz, la resurrección y el don del Espíritu Santo. Ha entrado al Reino, ha vuelto al Paraíso, ahora podrá comer nuevamente de los frutos del Árbol de la vida (Apoc 2, 7). Ahora puede gritar al mundo con toda la fuerza de sus pulmones: “He visto a Dios”, lo conozco y lo amo. Sólo entonces se abre al amor de Dios y podrá descubrir, por la acción del Espíritu en él, el sufrimiento redentor de Cristo en sus propios sufrimientos, los revive mediante la fe, enriquecidos con un nuevo contenido y un nuevo sentido. Este descubrimiento hizo decir a san Pablo: “Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí, que me amó y se entregó por mí” (Gál 2, 19-20).

El Apóstol no se detiene en la cruz, para él, los testigos de la pasión de Cristo, son también testigos de la resurrección: “Para conocerle a Él y el poder de su Resurrección y la participación en sus padecimientos, conformándose a Él en su muerte por si logro alcanzar la resurrección de los muertos” (Flp 3, 10-11).

5.          La fe y la doble certeza.

 

Pablo ha encarnado la doble certeza, como fruto de su fe: Cristo lo ama, y él ama a Cristo. Cristo dio su vida por Pablo y ahora el Apóstol da su vida por su Maestro, y lleno de alegría se atreve a decir: “Cuanto a mí, jamás me gloriaré a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gál. 6, 14). Para Pablo la cruz no se puede negociar, no se puede dialogar, se le acepta o se le rechaza. Al aceptarla perdemos la vida al abandonarnos en las manos de Dios, con la feliz esperanza que la recobramos de otra manera: como vida resucitada y glorificada.

 

6.       La fe y el sentido de la cruz.

 

Desde el comienzo de su vida pública, en su bautismo, Jesús es el “Siervo” enteramente consagrado a la obra redentora que llevará a cabo en el “bautismo” de su pasión y de su muerte (Catic 565).

La Cruz es la “batalla final y definitiva de Jesús” sobre los enemigos de la salvación. Para Jesús, la Cruz, es abandono en las manos de su amado Padre; es donación, entrega y servicio hasta la muerte; es anonadamiento, humillación y amor hasta el extremo (Jn 13, 1); es la expresión más grande de su amor al Padre y a los hombres. El cristiano no busca el sufrimiento por sí mismo, sino el amor. Entonces, la cruz acogida, se transforma en el signo del amor y del don total. Llevarla en pos de Cristo quiere decir unirse a él en el ofrecimiento de la prueba máxima del amor.

No se puede hablar de la cruz sin considerar el amor que Dios nos tiene, el hecho de que Dios quiere colmarnos de sus bienes. Con la invitación "sígueme", Jesús no sólo repite a sus discípulos: tómame como modelo, sino también: comparte mi vida, mi misión, mi destino y mis opciones, entrega como yo tu vida por amor a Dios y a los hermanos. Cristo abre ante nosotros el "camino de la vida", que, por desgracia, está constantemente amenazado por el "camino de la muerte". El seguimiento de Jesús exige el abandono de una vida y de una pastoral mediocre, superficial, vacía de su auténtico contenido; seguimiento que hace de nuestro corazón de discípulos un verdadero campo de batalla entre el “ego y el amor espiritual”, no hay términos medios: ”El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge, desparrama” (Mt 12, 30) Para los discípulos de Jesús la cruz es humildad que elimina la soberbia; es amor fraterno que expulsa del corazón la envidia; es castidad y dominio propio que vence la lujuria; es mansedumbre que expulsa la ira y la violencia.

7.         La vida del Jesús de nuestra fe.

 

Toda la vida de Cristo es ofrenda al Padre: El Hijo de Dios ha bajado del cielo, no para hacer su voluntad, sino la del Padre que lo ha enviado (Jn 6, 38). Cristo hace de la voluntad de su amado Padre la delicia de su vida, su alimento, su todo (Jn 3, 34) (Catic 606).

La Iglesia nos recuerda en la Lumen Gentium: “Mientras que Cristo, santo, inocente, sin mancha” (Heb 7, 26), no conoció pecado (cfr 2 Cor 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo y a traernos el don del Espíritu (cfr Heb 1, 17; Gal 4, 4-6). En la primitiva comunidad al hablar de Jesús decían: “se pasó la vida haciendo el bien y liberando a los oprimidos por el diablo” (Hch 10, 38). Este obrar de Jesús se dirigía ante todo, a los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano. Al mismo tiempo instruía, poniendo en el centro de la enseñanza las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a  los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal. Estos son los “pobres de espíritu, “los que lloran”, “los que tienen hambre y sed de justicia”, “los que padecen persecución por la justicia”, cuando los insultan, los persiguen y, con mentira, dicen contra ellos todo género del mal…por Cristo. (Mt 5, 3-11).

Cristo probó además en sus días terrenos, la fatiga, el hambre, la falta de casa, la incomprensión de parte, aún, de sus parientes; toda su vida recibió de manera única el rechazo y la hostilidad de muchos de sus paisanos. Al final de sus días, “habiendo amado a los suyos, los amó, hasta el extremo” (Jn 13, 1), es clavado en el madero de la cruz. Precisamente, por ese sufrimiento suyo hace que el hombre tenga vida eterna. La gente decía de Él: “Todo lo hace bien”, hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7, 37).

¿Qué ha hecho Cristo en tu vida? Mejor aún, ¿Qué lo has dejado hacer? ¿Has permitido que él sea tu Salvador, Maestro y Señor?

¿Estás disponible para ser ofrenda viva, santa  y agradable a Dios?

¿Qué te impide abrazar un compromiso libre, consciente y voluntario por los más pobres?

 

 

 

 

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