LOS QUE HACEN LA VOLUNTAD DE DIOS SON MIS HERMANOS.

 


LOS QUE HACEN LA VOLUNTAD DE DIOS SON MIS HERMANOS.

Introducción: Dichosos los que van por camino perfecto, los que proceden en la ley de Yahveh. Dichosos los que guardan sus dictámenes, los que le buscan de todo corazón, y los que, sin cometer iniquidad, andan por sus caminos. (Slm 119, 1- 3)

¿Quiénes son los que se salvan?

Jesús ama al pecador, pero, rechaza el pecado: No todo el que me diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?"  “Y entonces les declararé: "¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!" (Mt 7, 21- 22)

“Venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo” (Mt 6, 10) Y, ¿Cuál es la voluntad de Dios? Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó.  Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio. (1 de Jn 3, 23- 24) El que guarda sus mandamientos, ese hace la voluntad de Dios que Pablo lo confirma al decir: “Aborrezcan el mal y amen apasionadamente el bien” (Rm 12, 9) Son dos principios de la moral católica; “No hagas cosas malas y hagan cosas buenas”. Es decir, ámense los unos a los otros (Jn 13, 34).

Jesús confirma todo lo anterior al decirnos: “pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42) Jesús hizo de la voluntad de su Padre, el alimento de su vida, la delicia de su corazón (Jn 4, 34) Para Pablo la voluntad de Dios es lo bueno, lo perfecto, lo agradable, que sólo se puede tener por la mente iluminada por la fe  (Rm 12, 2) Por eso Jesús nos habla de la recompensa para el que haga la voluntad de Dios: Es familia y familiares de Dios: Mi madre, mi hermano y mi hermana. (Mt 12, 50)

Puesto que todo lo que hay en el mundo - la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas - no viene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre. (1 Juan 2, 16- 17) La voluntad de Dios está en el amor a Dios y a los hombres: Habéis purificado vuestras almas, obedeciendo a la verdad, para amaros los unos a los otros sinceramente como hermanos. Amaos intensamente unos a otros con corazón puro, (1 de Pe 1, 22) Para que no seas como hierba: Pues toda carne es como hierba y todo su esplendor como flor de hierba; se seca la hierba y cae la flor; pero la Palabra del Señor permanece eternamente. Y esta es la Palabra: la Buena Nueva anunciada a vosotros. (1 de Pe 2, 24- 25)

Solo con la luz de la fe y en la meditación de la Palabra podemos conocer la voluntad de Dios, con el deseo de ponerla en práctica, lo que nos garantiza encontrar a Dios ya que se busca de todo corazón (Jer 29, 13) Entonces al posponerlo todo en las manos de Dios y a su voluntad, Él se deja encontrar por nosotros. Y podemos escuchar su voz y conocer su voluntad en la oración íntima y cálida, en los acontecimientos importantes de la vida, en el ejemplo y testimonio de los otros, en el juicio de la Iglesia, apoyados en la oración.

El conocimiento de la voluntad de Dios nos lleva a tener el discernimiento de espíritus, para saber lo que viene de Dios o de otros espíritus (1 de Jn 4,1) Todo espíritu que no viene de la fe nos lleva al pecado (Rm 14, 23) El discernimiento pide una mente iluminada por la Palabra, una voluntad ejercitada en el bien, por la práctica de las virtudes escatológicas, como son la oración, la fe, la esperanza y la caridad. Pide tener y vivir el proceso de conversión cristiana para ir alcanzando la mente de Cristo (Flp 2, 5) Entonces podemos decir que tenemos fe, porque nos ha dejado luz, poder y amor. Las tres al servicio de la voluntad de Dios, para juntos, construir la Comunidad fraterna, solidaria y servicial, en la cual nos preocupamos mutuamente, nos reconciliamos continuamente y compartimos permanentemente.

Sin fe y sin la Gracia de Dios, nada es agradable a Dios (Heb 11, 6) Jesús les habló otra vez diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.» (Jn 8, 12) Gracias a la Luz podemos distinguir entre lo bueno y lo malo. Con el poder de la fe: Podemos rechazar lo malo y podemos hacer lo bueno, es decir hacer la voluntad de Dios: porque el poder es el amor, amar como Jesús nos amó a nosotros, para que nosotros nos amemos unos a los otros. Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad. (1 Jn 3, 18)

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