EL DESTINO DE JESUCRISTO ES EL DESTINO DE SUS DISCÍPULOS.

 

EL DESTINO DE JESUCRISTO ES EL DESTINO DE SUS DISCÍPULOS.

 

“Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán. Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado”. (Jn 15, 20- 21)

 En aquellos días, mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, se presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos, indignados porque los apóstoles enseñaban al pueblo y anunciaban la resurrección de los muertos por el poder de Jesús. Los aprehendieron, y como ya era tarde, los encerraron en la cárcel hasta el día siguiente. Pero ya muchos de los que habían escuchado sus palabras, unos cinco mil hombres, habían abrazado la fe.

 

Los sacerdotes miebros de la secta de los esenios, no creían en la resurrección de los muertos y menos en la Resurrección de Jesucristo. Por eso llenos de furia arremeten contra los Discípulos y los ponen presos. Se llenaban de envidia, eran muchos los que creían en las palabras de los Discípulos. Cinco mil hombres que dejaban el Templo y las Sinagogas para seguir el Camino de Jesús. La envidia los llenaba de odio y de deseo de matarlos, así se cumplían las palabras de Jesús: “Serán perseguidos”.

 Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, el sumo sacerdote Anás, Caifás, Juan, Alejandro y cuantos pertenecían a las familias de los sumos sacerdotes. Hicieron comparecer ante ellos a Pedro y a Juan y les preguntaron: “¿Con qué poder o en nombre de quién han hecho todo esto?”

 Ellos conocían a los discípulos, eran ignorantes, no conocían mucho de la Ley, eran miedosos, pero ahora han recibido Espíritu Santo y son portadores de Amor, Fortaleza y Dominio propio (2 de Tim 1, 6) Tienen el mismo Espíritu que estaba en Jesús por eso hablan con autoridad como su Maestro. Oro y plana no tengo, pero lo que tengo te doy: “levántate y camina”, lo toman de la mano y de un reparo se pone de pie. El que se arrastraba pidiendo limosna, ahora camina lleno de gozo con el Grupo de los Discípulos, es uno más de ellos.

 

Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo: “Jefes del pueblo y ancianos, puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, para saber cómo fue curado, sépanlo ustedes y sépalo todo el pueblo de Israel: este hombre ha quedado sano en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos. Este mismo Jesús es la piedra que ustedes, los constructores, han desechado y que ahora es la piedra angular. Ningún otro puede salvarnos, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos”. (Hch 4, 1-12)

 Pedro, lleno del Espíritu de Jesús, con valentía, sabiduría y entendimiento les dice el cómo curaron al hombre enfermo: Con el poder de Jesucristo. Palabras que eran para los Jefes, los ancianos y  para todo el pueblo de Israel. Sin miedo les predica el Kerigma: Ustedes lo mataron, lo crucificaron, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Ahora es la Piedra angular, es el Fundamento de la fe (1 de Cor 3, 11) “Ningún otro puede salvarnos, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos.”.

¿Porqué nadie más puedo salvarnos? Porque sólo Cristo salva, porque sólo él ha muerto para el perdón de nuestros pecados y ha resucitado para nuestra justificación, para darnos Espíritu Santo y para darnos Vida eterna. ¿Cómo podemos apropiarnos de los frutos de la Redención de Jesucristo? Por la fe que viene de la escucha y de la obediencia a la Palabra de Dios (Rom 10, 17) Por la fe, que es un don gratuito, recibimos la Gracia de Dios que nos hace hijos de Dios, perdona nuestros pecados, nos da la paz y la resurrección. Por el bautismo, sacramento de la fe somos incorporados a Cristo, a su muerte y a su resurrección (Gál 3, 26, Rom 6, 4- 5)

 

Por la Fe y el Bautismos participamos de la Nueva Alianza, nacemos de Dios y de la Iglesia. Somos hijos de Dios (Jn 1, 12) y hermanos de Jesucristo y de la Comunidad cristiana: ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? (1 de Cor 6, 19) Somos propiedad de Cristo, comprados a precio de sangre, nuestra misión es amarlo y servirlo. 

Y, ¿ahora qué vamos hacer? Trabajad y proteger nuestra Fe (cf Gn 2, 15) Para construir la Casa sobre la Roca (Mt 7, 24) Convertirnos a Cristo, revestirnos y llenarnos de él. Escuchar su Palabra y poniendo en práctica (Lc 8, 21) Para seguir el Camino de la fe que nos va dejando Luz, Poder y Amor, Verdad y Justicia. Despojándonos del traje de tinieblas y resistiéndonos del traje de la Luz, de Cristo, Luz del Mundo para no caminar en la obscuridad (cf Jn 8, 12) El que trabaja la fe, cultiva las Virtudes que son Vigor, Fuerza y Poder de Dios para revestirnos de Cristo (Ef 6, 10- 12).

La primera de las virtudes que son hijas de la fe y del amor, es la Fortaleza, que es una virtud y es un don del Espíritu Santo. La fortaleza, es poder y es fuerza, se conquista negándose a sí mismo, siguiendo a Cristo, luchando contra el mal o contra el pecado. Se enraíza en la voluntad y es alimentada por el amor. Después viene y aparece en nuestra vida la sencillez de corazón con humildad y mansedumbre que aparecen como las raíces de la Fe. Luego aparece como hija de la sencillez la Pureza del corazón. “Solo los limpios de corazón verán a Dios” (Mt 5, 3ss) Después de la Pureza aparece la Santidad, sin la cual nadie verá al Señor (Heb 12,14)


Lo anterior lo logramos por la acción del Espíritu Santo que actualiza la Obra redentora de Cristo en nuestra vida: En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados. Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros. (Rm 8, 14- 18)

 

 

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