LA UNIDAD DEL ANUNCIO,
DE LA MORAL Y EL CULTO.
Aceptar la misión que
Jesucristo le confirió a su Iglesia nos hace recordar el núcleo vital de la
Nueva Evangelización: el anuncio claro e inequívoco de la persona Jesucristo,
es decir, el anuncio de su nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas
y del Reino que Él nos ha conquistado a través de su misterio pascual (EN 22).
El primer Anuncio de los Apóstoles: "«Israelitas, escuchad estas palabras: A
Jesús, el Nazoreo, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros,
prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros
mismos sabéis, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo
conocimiento de Dios, vosotros le
matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios le
resucitó librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase
bajo su dominio;" (Hech 2, 22- 24) "«Sepa, pues, con certeza toda
la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien
vosotros habéis crucificado.»” ( v. 36)
El fruto del primer Anuncio. Al oír esto, dijeron con el corazón compungido
a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» Pedro les
contestó: «Convertíos y que cada uno de
vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros
pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; (vv. 37- 38) La muerte de
Jesús no fue un fracaso, su Obra está en camino y dando frutos. La inmensa
mayoría de aquella gente eran peregrinos venidos de muchos países, es decir, no
habían estado en Jerusalén para aquel viernes santo, pero, Pedro les dice con
toda autoridad: “vosotros le matasteis
clavándole en la cruz por mano de los impíos” Y ellos lo aceptaron por la
acción del Espíritu Santo, creyeron que Jesús había muerto por nuestros pecados
que fueron ellos los que mataron a Jesús, y preguntan:«¿Qué hemos de hacer,
hermanos?» La respuesta de Pedro y sus compañeros sigue siendo actual, es parte
del Anuncio apostólico: Convertíos. Para esta gente la conversión es pasar del
“judaísmo a Jesucristo o del mundo del paganismo a Jesucristo.” Y reciban el
bautismo de Jesucristo para el perdón de sus pecados y para que reciban el
Espíritu Santo para que sean cristianos justificados, reconciliados, salvados y
santificados.
«Salvaos de esta generación perversa.» “Pues la Promesa es para vosotros y para
vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor
Dios nuestro.» Con otras muchas palabras les conjuraba y les exhortaba:
«Salvaos de esta generación perversa.» Los que acogieron su Palabra fueron
bautizados. Aquel día se les unieron unas 3.000 almas. (vv
39- 41).
Acudían asiduamente a la enseñanza de los
apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. (v. 42) En estas cuatro características de la
primitiva comunidad encontramos la Unidad de la fe entre Anuncio, Moral y
Culto. Al primer Anuncio le sigue la Catequesis. Se trata de la profundización
del primer Anuncio que era ministrada por los mismos Apóstoles.
La comunión era orientada al compartir los
bienes, eso es la Moral cristiana, fruto de la fe, compartir
lo que se tiene y lo que se es. Esto es amar. La fe ha de ir acompañada por las
obras de caridad (Snt 2, 14) El texto nos sigue diciendo: El temor se apoderaba
de todos, pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y señales. Todos los
creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus
bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. (vv.
43- 45)
Acudían
al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el
pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan
a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a
la comunidad a los que se habían de salvar." (vv. 46- 47)
En el Culto cristiano, se celebra la Muerte y
Resurrección de Jesucristo. La fracción
del pan y a las oraciones. La fracción del pan es el primer nombre que se le
dio a la Misa. "Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros,
porque atardece y el día ya ha declinado.» Y entró a quedarse con ellos. Y
sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la
bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces
se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Partir
el pan es fraccionarlo, es inmolarse, es ofrecerse y sacrificarse en la
presencia de Dios. Para ofrecer a Dios el sacrificio de Cristo en favor de la
Humanidad. Jesús con su muerte y resurrección hace la Alianza Nueva y funda el
Nuevo Culto e invita a los suyos a sentarse a la Mesa de su Banquete: “Vengan y
coman de esto que es mi Cuerpo que será entregado, y beban de mi Sangre
derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados.”
Se
dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros
cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y,
levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los
Once y a los que estaban con ellos," (Lc 24, 29. 33) De esa primera Misa
nace la Iglesia Misionera y Servidora, vuelven a Jerusalén para dar Testimonio
de Jesús que había muerto pero que ahora lo ven, caminan con ellos, lo escuchan,
y como respuesta a su Palabra, lo invitan a quedarse, y él entró para quedarse
con ellos, lo reconocen al partir el pan, él desaparece, pero no se va, se
quedó en el Pan. Jesucristo ha resucitado, es el testimonio que comparten a los
Apóstoles.
El
Culto pide y exige un sacrificio,
hoy en la Misa ofrecemos el sacrificio sacramental de Cristo: “su muerte y su
resurrección.” Y ofrecemos nuestro sacrificio espiritual para ofrecer a Dios un
sacrificio en espíritu y en verdad. Así lo pide san Pablo: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis
vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será
vuestro culto espiritual." (Rm 12, 1) Sin sacrificio no hay culto.
Nuestro sacrificio espiritual ha de venir de dentro, del corazón y debe hacerse
con amor para que sea grato y agradable a Dios, pues ya que sin fe nada es
agradable a Dios (Heb 11,6).
La
Eucaristía es el culmen y la fuente de toda actividad apostólica. Es el
alimento que Jesús se dona para fortalecernos con la energía de su poder en
nuestros trabajos y contra la lucha contra el mal, y para que hagamos el bien.
Es Presencia real de Jesucristo, es Banquete y es el Sacrificio que hoy la
Iglesia ofrece a Dios Padre por la Humanidad. En la Eucaristía el Señor nos
presenta dos mesas: la Mesa de la Palabra y la Mesa del Pan eucarístico. Quien
lo come con dignidad entra en Comunión con Cristo y con todos los miembros de
Cristo para edificar todos la Comunidad cristiana, la Iglesia. El Anuncio y el
Culto, están presentes en cada Eucaristía, como alimento para la Moral
cristiana.
La unidad de los
Tres en nuestro interior, nos da lo que se le llama: “Conciencia Moral” que nos
transforma en hijos de Dios, en apóstoles y en servidores de Cristo. En hombres
y mujeres de Cristo a quienes san Pablo nos dice:
"Tú, pues, hijo mío, manténte fuerte en la gracia
de Cristo Jesús; y cuanto me has oído en presencia de muchos testigos confíalo
a hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de instruir a otros. Soporta las
fatigas conmigo, como un buen soldado de Cristo Jesús. Nadie que se dedica a la
milicia se enreda en los negocios de la vida, si quiere complacer al que le ha
alistado. Y lo mismo el atleta; no recibe la corona si no ha competido según el
reglamento. "Y el labrador que trabaja es el primero que tiene derecho a
percibir los frutos. Entiende lo que quiero decirte, pues el Señor te dará la
inteligencia de todo." (2 Tim 2,
1-7)
La fidelidad a Cristo y a la Iglesia nos
mantiene en la Unidad, el conocimiento de Dios, mediante la práctica de las
virtudes hasta alcanzar la madurez de Cristo (Ef 4, 13) Nuevamente reconocemos
en este texto la Unidad de los tres: Anuncio, Culto y Moral, para rechazar el
pecado y amar apasionadamente el bien, y vencer con el bien al mal (Rm 12,9.
21) El Anuncio de la Palabra engendra la fe, la esperanza y la caridad que nos
transforman en hijos de Dios, en hermanos y en servidores de todos, y entonces
nuestro Culto es agradable a Dios. Nuestro sacrificio espiritual consiste en
aceptar la Voluntad de Dios y en someternos a ella. Lo que pide dejarnos
transformar en lo más profundo de nuestra mente para conocerla y aceptarla (cf
Rm 12,2)
Sin
el Anuncio, sin el Culto y sin la Moral no hay conocimiento de Cristo, pues se
lleva una mente embotada, un corazón endurecido, se pierde la moral y se cae en
el desenfreno de las pasiones, lo que equivale a una vida mundana, pagana, a
una vida arrastrada (cf Ef 4, 17- 21) Nuestra vida se encuentra vacía de fe,
la esperanza y de caridad. El Anuncio, al escuchar la Palabra y ponerla en práctica nos hace
“huir de la corrupción” (cf 2 de Pe 1, 4b) y nos lleva una vida Moral en la
práctica de las virtudes (cf 2 Pe 1, 5-8) Sin la práctica de ellas no hay culto
espirtual. Escuchemos a san Lucas decirnos: ¿De qué les sirve decir: señor,
señor, pero no hacen la voluntad de Dios? (Lc 6, 46) Y en Mateo nos dice: “No
todo el que me dice señor, señor, entra en la casa de mi Padre, sino el que
hace su Voluntad” (cf Mt 7, 21) La voluntad de Dios la encontramos y la vivimos
en la parábola del “Camino del grano de trigo” En el morir para crecer y dar
frutos abundantes (cf Jn 12, 24) Es un morir al pecado y vivir para Dios (Gál
5, 24) En estas palabras está la unidad de los tres: el Anuncio, el Culto y la
Moral.
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