CORRESPONDER A SU ENTREGA CON LA RECONCILIACIÓN.

 

Objetivo: Mostrar la necesidad de reconciliarnos con Dios y con los demás para poder conocer y responder al amor que Dios nos tiene.

 

Iluminación: “Todo el que está en Cristo es nueva creatura, lo viejo ha pasado, lo que ahora hay es nuevo” (2 Cor 5, 17).

 

1.    La reconciliación.

 

Lo viejo es el pecado que engendra la muerte y nos priva de la gracia salvadora de Cristo. Lo viejo es el corazón de piedra; una mente embotada y una voluntad débil; lo viejo es una vida de mentiras, odios e injusticias; que hacen a los hombres llevar  una vida arrastrada (Ef 4, 17-18; 5, 3- 5)). Lo nuevo es el amor, la verdad, la justicia, la libertad, el gozo, la paz (Ef 5, 9) Escuchemos el grito del Apóstol, y con él, de toda la Iglesia: “Reconciliaos con Dios, os lo repito reconciliaos con Dios”  (2 Cor 5, 20).

 

2.    ¿Qué significa reconciliarse?

 

Reconciliarse significa volver a ser hijos; volver a ser hermanos; volver a ser padres, esposos y amigos. Significa restablecer la Alianza de Comunión, de solidaridad, de amor con Dios y con la Iglesia. Significa volver a los brazos del Padre de las Misericordias; al Dios de todo consuelo. Significa volver a Casa: “volver a la armonía interior y exterior” que en Cristo el Padre ofrece a la humanidad.

 

Los primeras palabras de la Sagrada Escritura en el libro del Génesis, nos presenta el relato de la creación, nos habla de tres momentos o etapas que nos implican y comprometen en la respuesta generosa al amor de Dios que se ha manifestado en Cristo que murió y resucitó (Rom 4, 25) para arrancarnos de la muerte, sacarnos de la sepultura y llevarnos a una tierra que mana leche y miel, es decir, paz y dulzura espiritual.

 

Ahí donde todo era caos, vacío, tinieblas, Dios actúa con su Palabra poderosa, liberadora y creadora: “Hágase la luz” (Gn 1, 1). Sólo “la luz de Dios” puede llevarnos al conocimiento profundo de nosotros mismos y de la voluntad de Dios. Una vida en tinieblas es una vida mundana, pagana, vida de pecado.

 

 

3.    Las tres etapas de la vida espiritual

 

·      La Iluminación: El hombre en tinieblas hace de su vida un “Caos”. Cuando escucha la Palabra de Luz y de verdad el hombre puede descubrí el caos y el vacío de su existencia.

·      La Separación: Separa la luz de las tinieblas; separa las aguas de arriba y las de abajo; día y noche;  mar y tierra. El hombre decide ponerse de pie y separarse del pecado (1 Pe 1, 4).

·      La Ornamentación: llena la tierra de plantas, hiervas y animales; al mar de peces y al firmamento de estrellas (Gn 1, 1- 26). En la vida espiritual la práctica de las virtudes y de los valores del Reino es el modo como ornamentamos nuestra vida.

 

Después creó al hombre bello y hermoso y lo confirma como el dueño y señor de todo lo creado (Gn 1, 29); lo puso en un Paraíso con la misión de protegerlo y cultivarlo (Gn 2, 15); pero además, Dios le da al hombre la oportunidad de decidir su futuro; lo invita a ser protagonista de su propia historia y a tomar en sus manos las riendas de propio destino.

 

“Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comas; porque el día que comas de él, quedarás sujeto a la muerte” (Gn 2, 16-17). El hombre no aceptó el Plan de Vida que Dios le proponía; da la espalda a su Creador, quiso ser independiente y vivir al margen de Dios.  Con una triple negativa afirma su nuevo plan:

 

·      No quiero ser tú hijo.

·      No quiero ser hermano de los otros.

·      No quiero compartir con ellos mi pan.

 

4.    El grito que hunde su raíz en la soberbia.

 

“No amaré, no obedeceré y no serviré”. Porque “Quiero ser grande y poderoso; “sabio y rico” para estar por encima de los demás; es decir: “Quiero ser dios”. Y el hombre tuvo que salir del Paraíso, comenzando un proceso de deshumanización y despersonalización (Gn 3). Se rompió la comunión con Dios, con los demás, consigo mismo y con la naturaleza; se dio cuenta que estaba desnudo y con una mente y una voluntad inclinadas hacia el mal.

 

Dios que creó al hombre por amor y con amor, no lo obliga a que reciba su amor; no lo violenta. Todo se recibe como don gratuito; toda es Gracia de Dios a quien se le debe responder con gratuidad y agradecimiento, con disponibilidad para compartir con los demás, especialmente los menos favorecidos.

 

5.    El libre albedrío.

 

La experiencia de los dos árboles en el centro del Paraíso se repite en el libro del Deuteronomio:“Mira: hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha” (Dt 30, 15) “Te pongo bendición y maldición. Elige la vida, y vivirás tú y tu descendencia” (Dt 30, 19). Tú decides llevar una vida arrastrada o caminar con dignidad con dominio propio, como todo un hijo de la Luz (1 Jn 1, 1- 5).

 

“Ante ti están puestos fuego y agua: elige lo que quieras; delante del hombre están vida o muerte: le darán lo que él escoja” (Eclo 15, 16- 17). El hombre recibió el regalo de Dios, llamado “libre albedrío”. La capacidad de elegir hacer de su vida: una bendición, como también una maldición. Cuando elige hacer bien se hace hijo de Dios; en cambio cuando elige hacer el mal se hace esclavo del mal e hijo de las tinieblas.

 

6.    La promesa de salvación.

 

“Enemistad pondré entre ti y la mujer y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza…” (Gn 3, 15)Pero aunque el hombre peca, Dios no deja de amarlo: Sale del Paraíso llevando con una Promesa: Un día, el día del Señor, cuando Cristo sea levantado en alto, rompa las cadenas del pecado y el hombre crea en el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, podrá volver al Paraíso, entrar en él y volver a comer de los frutos del “Árbol de la Vida” (Apoc 2, 7)

 

¿Dónde se da el paso, de una situación a otra? El paso de la muerte a la vida; de la esclavitud a la libertad; de las tinieblas a la luz? Pablo en la carta a los romanos nos dice que se da en el Bautismo, en el cual fuimos bautizados con Cristo en su muerte, en su sepultura y en su resurrección. Hemos muerto con Cristo al pecado y ahora vivimos para Dios (Rm 6, 4ss). El Señor Jesús llamó a ese paso de la muerte a la vida: “Nuevo Nacimiento”.

 

7.    La iniciativa es de Dios.

 

Así lo comprendió el profeta Oseas al comparar a su esposa adultera con el pueblo de Israel. Dios amaba a su Pueblo: lo sacó de Egipto, tierra de esclavitud; lo enseñó a caminar, lo llena de bendiciones, pero el Pueblo ofrecía incienso a los ídolos para agradecerles por la lluvia, los frutos de la tierra y otras bendiciones (cfr Os 11, 1- 5). El corazón del profeta henchido de amor hacia su esposa decide poner fin esa situación de infidelidades, idolatrías y adulterios: “Me la llevaré al desierto; la seduciré; le hablaré al corazón; le mostraré el Valle del Acor; le regresaré sus villas. Allí me responderá como en su juventud; me llamará esposo mío, purificaré sus labios y dejará de invocar a sus ídolos”. (Os 2, 14ss)

 

Lo que Oseas hizo con su esposa, es lo que Dios quiere hacer con cada pecador que por ignorancia o por soberbia ha dejado la casa del Padre para irse como el hijo pródigo a un país lejano. En el Evangelio de Lucas encontramos las parábolas del Padre de toda misericordia:

 

8.    La misericordia del Señor.

 

“Un padre tenía dos hijos, el menor de ellos le dice padre: “dame la parte de herencia que me corresponde”. El padre repartió su herencia y pocos días después el hijo menos dejó la casa paterna para irse a un país lejano donde derrochó sus bienes de fortuna viviendo como un libertino (Lc 15, 11ss).

 

¿Dónde es el país lejano? El país lejano es el mundo, en el cual se valora al hombre por lo que tiene, por lo que derrocha; se le valora por el color de la piel, por los trapos o por la marca de carro; por el cuerpo bonito o por la élite social a la que pertenece. En el mundo se pierde la capacidad de decidir por sí mismo…otros son los que piensan y los que deciden; a aquel joven no se le permitía comer ni siquiera lo que los cerdos comen… había caído en un estado de descomposición humana; un simple bosquejo de persona, un hilacho humano… Había caído en la sepultura de la que nos habla el profeta Ezequiel:

 

“Yo mismo abriré vuestras sepulturas; yo mismo os sacaré de vuestras sepulturas; “os llevaré a vuestro suelo; os quitaré el corazón de piedra; os daré un corazón nuevo e infundiré mi espíritu en vuestros corazones” (Ez 37, 12ss).

 

 ¿Qué hizo Dios para sacarnos de la sepultura? Dios para sacarnos de la sepultura ha enviado a su Hijo (Jn 3, 16; Gál 4, 4-6; Hech 10, 38). El Hijo de Dios viene para que “tengamos vida en abundancia” (Jn 10,10); viene a sacarnos de las tinieblas; viene a destruir las obras del diablo  (Hec 10, 38), y a traernos el don del Espíritu” (Gál 4, 4-6) Jesús viene para arrancarnos del poder de las tinieblas y llevarnos al reino de su Amor (Col 1, 13). Hoy podemos decirle al Mundo: “Cristo me sacó del pozo de la muerte y llenó mi vida de sentido”.

 

9.    Jesús Pastor busca a los hijos pródigos.

 

Jesús el Señor es un Buscador; busca las ovejas perdidas y descarriadas, y las busca hasta encontrarlas (Lc 15, 4). ¿Dónde las busca? A donde se han ido a meter: en situaciones de pecado, de injusticia, de mentira, de odio: Él se mete a los basureros, e irrumpe en nuestra vida de pecado para decirnos: “andas equivocado, vuélvete al camino que lleva a la casa del Padre”.

 

Pregunto: ¿Ya te dejaste encontrar? El que te busca es Cristo Jesús, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. ¿Qué significa dejarse encontrar?

·      Reconocer que tu vidas en es un caos; que estás vació; que no eres feliz.

·      Reconocer que te has equivocado; que erraste en el blanco; la regaste,

·      Reconocer que estas necesitado de ayuda, tu sólo no puedes llegar a la Meta.

·      Reconocer que esa ayuda está cerca, junto a ti, se llama Cristo Jesús, escúchalo y ábrele la puerta de tu corazón (Apoc 3, 20)

 

El Señor Jesús nunca entra en nuestras vidas con las manos vacía, trae con Él los frutos de la Resurrección: “La Paz, la Misión, el don del Espíritu Santo, el Ministerio de la Reconciliación, el Amor y el Gozo del Señor, la experiencia de la Resurrección y el Poder para edificar la Iglesia (cfr Jn 20, 20-23).

 

Oración.”Ven Espíritu Santo, Señor y sentido de nuestra existencia, enciende en nuestros corazones el Fuego de tu Amor para que seamos los Discípulos Misioneros de Jesús Nuestro Señor.

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