4. LOS MEDIOS QUE AYUDAN A CRECER EN LA VIRTUD


Los medios que ayudan a crecer en la Virtud.

Objetivo: dar a conocer los medios del crecimiento en la fe, la esperanza y el amor, como camino de madurez humana, para que poniéndolos en práctica, el cristiano permita que en su corazón crezca el reino de Dios.

Iluminación: “En cuanto a vosotros que el Señor los haga progresar y sobre abundar en el amor mutuo y en el amor para con todos” (1 Ts 3, 12).

1.             La vida de oración.

El cristiano que no permite que el dinamismo de la Vida Nueva lo impulse y proyecte hacia adelante, se puede desviar hacia izquierda o derecha, como a la vez puede estancarse y hundirse en el lodo de la mediocridad, superficialidad o caer en la tibieza espiritual. El amor que no crece se desvirtúa y muere. Razón por la que me preocupa dar a conocer los medios de crecimiento en la Virtud.

Orar en todo tiempo o lugar. Que nuestra oración sea íntima, cálida y extensa.  “ya sea de acción de gracias, de petición, de aflicción o de intercesión”  (Mt 7, 7; Fil 4, 4). “Pedid y recibiréis”. La oración es un medio muy poderoso para ayudarnos a crecer en las Virtudes Teologales. Cuando la oración brota de las virtudes teologales está revestida de confianza filial, de afecto y cariño a un Padre que se sabemos que nos ama y que nos escucha. Es una oración llena de gratuidad que no se apoya en méritos personales, sino en la “méritos que brotan del corazón de Cristo, Jesús”. Por eso la oración cristiana es agradecida, humilde, confiada, ardiente, perseverante y revestida de la alegría por saber que Dios siempre nos escucha.

2.             La lectura y la escucha de la Palabra de Dios.

Cada vez que ponemos la palabra de Dios en práctica se da en nuestro interior un crecimiento espiritual. Como también, cada vez que renunciamos al pecado, brota y crece en nosotros la vida, la libertad y el amor. Sin renuncias, no hay vida. Escuchemos a Jesús decirnos: “Si tu ojo te hace pecar, sácatelo”; “Si tu mano te hace pecar, córtatela”; “Si tu pie te hace pecar, córtatelo” (Mt 5, 27ss). Es decir, niégale al hombre viejo el alimento que le entra por los sentidos y no busques la ocasión de pecar. “Huye de la corrupción para que puedas participar de la naturaleza divina” (2Pe 1, 4) Jesús recomienda a los nuevos creyentes permanecer en su Palabra para ser discípulos libres capaces de amar y de servir a sus hermanos, como camino para conocer la verdad y llevar la fe a la práctica de la justicia. (Jn 8, 31-32; Lc 8, 21; Lc 11, 28).


3.             La vivencia de los Sacramentos.

La primera comunidad cristiana llevaban una vida centrada en la Eucaristía. “Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hech 2, 42). La participación activa en los Sacramentos y una vida centrada en la Eucaristía, culmen y fuente de vida cristiana, nos convierte en “don de Dios para los demás”. Los Sacramentos son acciones de Cristo y de la Iglesia.

4.             El encuentro con los pobres.

“Si vuestra justicia no supera la justicia de los fariseos, no entraréis en el Reino de Dios” (Jn 5, 25; Mt 25, 31ss). El compromiso cristiano es expresado en el servicio a los débiles y a los más pobres. Recordando la norma de Pablo: “La caridad no hace mal al prójimo” (Rm 13, 10). “Acoged al que es débil en la fe” (Rm 14, 1). “Nosotros los fuertes debemos buscar las flaquezas de los débiles y no buscar lo que nos agrada” (Rm 15, 1).

5.             La aceptación de la Cruz.

La Cruz es un estilo de vida, de liberación, de madurez humana y cristiana. Es un camino lleno de experiencias, a veces gozosas, otras dolorosas, otras veces liberadoras y gloriosas. A la luz de lo anterior comprendemos las palabras del Apóstol: “Todo lo que nos sucede es para bien de aquellos que aman al Señor” (Rm 8, 28). El camino de la cruz nos reviste de humildad, amor fraterno y castidad. Es un camino de muerte y resurrección, de plenitud en el Espíritu que nos identifica como discípulos del Señor Jesús (Lc 9, 52ss).

6.             Abrazar la cruz con amor.

Según la teología de san Pablo: “Morir para vivir”.  “Mortificar vuestros miembros mortales” (Col 3, 5ss), “Morir al pecado” (Rm 6, 10ss) para resucitar con Cristo, para revestirse de Cristo; para revestirse de luz; para revestirse con la armadura de Dios, para revestirse de santidad y justicia; “Para alcanzar la madurez de Cristo”; para ser libres en Cristo, con la libertad de los hijos de Dios; para crecer en el conocimiento de Dios (Rm 13, 11ss; Ef 4, 23); Gál. 5, 1; Col 3, 12ss).

7.             La práctica de las virtudes.

Ésta práctica, está llena de renuncias al amor propio, al egoísmo y al apego desordenado a las cosas, a las personas y a las ideologías. En su cartas, Pablo nos enseña la “clave” para practicar los virtudes cristianas: “Despojaos del hombre viejo” (Ef 4, 23); de las tinieblas (Rm 13, 12ss), “Huyan de las relaciones impuras”  (cfr 1Cor 6, 18), “Desechar lo que no sirve” (cfr Ef 4, 25ss). Pero no basta con no hacer cosas malas, hay que amar el bien con intensidad (Rom 12, 9).


8.             La comunidad cristiana.

El lugar por excelencia para crecer en las virtudes cristianas es la Comunidad cristiana; comunidad fraterna y misionera. En ella se aprende a vivir como hijos de Dios, como hermanos y como servidores de los demás. Una comunidad cimentada en la verdad, en el amor y en la vida, es decir, cimentada en Cristo (cfr Jn 14, 6; Hech 2, 42-47). Para la teología de San Pablo sin la práctica de las virtudes no hay comunidad, por eso exhorta a los Filipenses a tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús:

“Así pues, si hay una exhortación en nombre de Cristo, un estímulo de amor, una comunión en el Espíritu, una entrañable misericordia, colmad mi alegría teniendo un mismo sentir, un mismo amor, un mismo ánimo y buscando todos lo mismo. No hagáis nada por ambición o vanagloria, sino con humildad, considerando a los demás como superiores a uno mismo, y sin buscar el propio interés, sino el de los demás (Fil 2, 1-5).

9.             El apostolado.

El alma de todo apostolado cristiano es el amor. El apóstol primero ha sido discípulo, ha sido llamado a estar con Jesús, para luego ser enviado a llevar la Buena Nueva (Mc 3, 13ss). Es un servidor de la fe, la esperanza, la caridad, la verdad, la justicia. Su identidad es la solidaridad con el Señor Jesús, con la Iglesia y con la humanidad; sus características han de ser la amabilidad, la generosidad y el servicio desinteresado (cfr Mt 28, 20ss), llevando siempre la esperanza que Jesús estará siempre con él, en cualquier situación concreta en la que se encuentre.

10.          María: Figura y Modelo de la Iglesia.

María, Madre y modelo de toda virtud, ruega por nosotros. María, la virgen creyente, la primera discípula de Cristo. Para ella la fe es abandono en las manos de Dios. Es donación, entrega y servicio. Es solidaridad con su pueblo y con toda la humanidad. Pablo VI en la Marialis Cultus nos descubre algunas de las virtudes de la Madre: Ella es la Virgen oyente, la Virgen orante, la Virgen Madre y la Virgen oferente.

La Sagrada Escritura nos confirma lo anterior al hablarnos en la anunciación de María como la Mujer de la escucha (Lc 1, 26-39), en la Visitación como la Mujer solidaria que sirve a los más débiles (Lc 1, 40ss); en el primer milagro de Jesús como la Mujer solícita y atenta a las necesidades de los demás (Jn 2, 5ss); junto a la Cruz de Jesús como la mujer fiel al designio de Dios (Jn 19, 25).  Las virtudes de la Madre son evidentes: la fe, la esperanza, la caridad, la humildad, la sencillez, la solidaridad, la oración, el servicio, y más. Razón por la cual la Iglesia llama a María: Madre, Figura y Modelo de la Iglesia.

11.           Conclusión.

Cuando el cristiano deja de vivir de encuentros con el Dios de la revelación; consigo mismo y con los demás, se convierte en un pequeño monstruo, se deforma y se desfigura, se deshumaniza y despersonaliza.

Cae en situaciones de desgracia, de no salvación; situaciones de opresión y explotación que no son queridas por Dios, ya que el hombre se convierte en esclavo de sus pasiones, del Mal; se apega de manera desordenada a las cosas, a otras personas; se hace esclavo de la ley.

El camino que Dios nos propone para salir del “Vacío y del Caos” es Jesucristo, Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 6). Por la virtud de Fe, lo aceptamos como nuestro Salvador y Redentor. Por las virtudes teologales, aceptamos el “Camino” que Jesús nos propone: El camino de las virtudes, especialmente, la virtud de la Esperanza y de la Caridad (cfr Jn 13, 35), que se identifica con el camino de la Pascua: Morir, ser sepultado y resucitar con Cristo, morir al pecado para vivir para Dios. Es un despojarse del traje de tinieblas para revestirse con el traje de luz (Rm 13, 11ss).

Despojarse del hombre viejo para revestirse del hombre nuevo mediante la práctica permanente y perseverante del cultivo de las virtudes cristianas, sin las cuales no hay identificación o configuración con Cristo. Las virtudes son luz y fuerza de Dios que iluminan nuestra inteligencia, fortalecen nuestra voluntad y santifican nuestros corazones para que podamos ser la “Imagen y semejanza” de Dios, dentro de una “Comunidad fraterna”, en la cual nadie vive para sí mismo como tampoco nadie está por encima de los demás, sino que se camina junto a otros hermanos y hermanas que también buscan la voluntad de Dios: Nuestra liberación y santificación.

De la mano de María, nuestra Madre, pidamos a Nuestro Señor y Salvador Jesucristo que nos conceda por sus méritos la gracia de un crecimiento integral, como personas, que abarque todas nuestras dimensiones humanas; como cristianos, que abarque las dimensiones de la fe: creer, vivir, celebrar y anunciar; como servidores de la Comunidad, que nos dé un crecimiento doctrinal, espiritual y pastoral. Para que podamos ser “Alabanza de la gloria de Dios”, “Discípulos misioneros de Jesucristo para que el mundo pueda tener Vida en Él (Aparecida).

Oración: Gracias Padre por el don de la fe, la esperanza y la caridad. Gracias Padre por darnos a tu Hijo y darnos al Espíritu Santo. Gracias por darnos a María y por darnos a la Iglesia. Gracias por los Sacramentos y por todos los medios que pones a nuestro alcance para ayudarnos a crecer en tu Gracia. Gracias por cada hermano y por cada hermana que has puesto en nuestro camino como “lugares” de encuentro contigo, Dios de toda Misericordia. Te pedimos, amado Padre, por los méritos de tu Hijo Jesucristo que nos a crecer en la fe, esperanza y caridad para que podamos amarte, conocerte y servirte en esta vida y después pasar la eternidad en compañía de María, tus Ángeles y Santos. Amén.


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