LA CONVERSIÓN CRISTIANA ES UN DON DE DIOS Y UNA RESPUESTA NUESTRA

 


LA CONVERSIÓN ES UN DON DE DIOS Y UNA RESPUESTA NUESTRA

 

Iluminación: El Señor le contestó: «Vete, pues éste me es un instrumento de elección que lleve mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre. (Hch 9, 15- 16)

Para Pablo, la conversión es don de Dios y respuesta nuestra.  Para el Apóstol Pablo la conversión es un irse llenando de Cristo y a la misma vez, un irse despojando de todo aquello que no viene de la fe (Rom 14, 23). Es un irse revistiendo de Cristo, el Hombre Nuevo y despojándose del hombre viejo (Ef. 4, 24). Es la conversión que nos da una mente y un corazón nuevo; creer en Cristo Jesús para ir saliendo de las tinieblas para entrar en la Luz (1 Pe 2, 9) es salir del dominio de Satanás para entrar al dominio de Dios (Col 1, 13).

 

Para el Apóstol, la purificación del corazón, la conversión y la renovación de nuestras vidas sólo puede ser posible en la “obediencia a la Palabra de Cristo”. El Apóstol Santiago nos recuerda: “No se contenten con ser oyentes, hay que se practicantes (St 1, 22) Obediencia que nos pone en camino hacia la “Plenitud” de Cristo (Col 2, 9) y nos hace discípulos de Él: sin seguimiento, sin discipulado no conoceremos el amor de Dios que se ha manifestado en Cristo (Jn 14, 23). La purificación del corazón pide esfuerzos, renuncias y sacrificios (cf 2 Tim 2, 22). Sin renuncias no hay vida, no hay virtud, no hay libertad, no seremos servidores de Cristo, sino “de la carne” (cf 1 Pe 2, 1) Para Pablo conversión y la vida nueva tienen dos dimensiones: una es negativa y la otra es positiva:

La conversión es despojarse. Para Pablo la conversión es despojarse del traje de tinieblas: “Despojaos del hombre viejo: “Despójense de su conducta pasada, del hombre viejo que se corrompe con sus malos deseos (1 Cor 6, 18). Es un morir al pecado para vivir para Dios (Rom 6, 11). Despojarse del hombre viejo es quitarse el traje de tinieblas (Rom 13, 11ss); es apartarse del pecado; es huir de la lujuria (2 Tim 2, 22); es darle muerte a todo lo terrenal: La inmoralidad sexual, la pasión desordenada, los malos deseos y la avaricia…Pero ahora dejen todo eso… (cfr Col 3, 5- 9). Con palabras del Pedro diríamos: “huyan de la corrupción para que puedan participar de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4).

La conversión es revestirse. Par el Apóstol la conversión es “Revestirse del hombre nuevo” “y renuévense en su espíritu y en su mente; y revístanse del hombre nuevo creado a imagen y de Dios en justicia y santidad” (Ef 4, 22- 24). Revestirse del Hombre Nuevo es revestirse de Cristo: “Por lo tanto como elegidos de Dios, consagrados y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión, de amabilidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia, de misericordia… que la paz de Cristo dirija sus corazones” (Col 3, 12ss). Revestirse con el “vestido nuevo”: “justicia, bondad y verdad” (Ef 5, 9). Es revestirse de Cristo, con la “armadura de Dios”; es ponerse el vestido de “Luz”. Para el Apóstol la Vida Nueva es don de Dios y lucha contra nuestro pecado y el pecado de los demás. Por eso en su oración pide a Dios: “Qué el Espíritu Santo fortalezca en ustedes el hombre interior”. Y que Cristo habite en ustedes por la fe para que puedan conocer el amor de Cristo a profundidad (cfr Ef 3, 16ss)

La conversión como don y lucha. En esta lucha Pablo nos exhorta a usar las “Armas de luz” que son las virtudes cristianas, sin las cuales “no habrá conocimiento ni fidelidad a Dios”; estaríamos desnudos y desprovistos de la “gracia de Dios” y sin las armas para luchar contra nuestra pecaminosidad: Dos textos de la Escritura nos confirman la lucha espiritual de los cristianos:

Ø  “Reconozcan el momento en que viven, que ya es hora del despertar del sueño: ahora la salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día se acerca; abandonemos las acciones tenebrosas y vistámonos con las armas de la luz” (Rom 13, 11- 12).

Ø  “Por lo demás, fortalézcanse con el Señor y con su fuerza poderosa. Vístanse la armadura de Dios para poder resistir los engaños del Diablo. Porque no estamos luchando contra seres de carne y hueso, sino contra las potestades… Por lo tanto tomen las armas de Dios para poder resistir el día funesto y permanecer firmes a pesar de todo” (Ef 6, 10- 13)  Sin lucha no hay victoria y sin victoria no hay corona

 

Las armas de Pablo. Para este guerrero de Cristo su fuerza está en “Revestirse de Cristo.” Para configurarse con él; es un irse llenando de Cristo para tener su mente y sus sentimientos, sus preocupaciones y sus luchas, sus intereses y los criterios de Cristo Jesús (cfr Flp 2, 5). Pablo pudo decir “Para mí la vida es Cristo” porque a la misma vez, Cristo es el centro de su vida, es su salvación, su justicia, su sabiduría, su redención, su consagración y redención (1 Cor 1, 30). Para el Apóstol su convicción de Apóstol de Cristo por voluntad del Padre y la experiencia de su Resurrección son verdaderas armas en su lucha contra el Mal (cf Ef 1,1; Flp 7,7s). Para Pablo la fe no es un sentimiento, es más bien una convicción profunda de que en comunión con Cristo, todo es posible, razón por la que pudo decir: “Todo lo puedo en Cristo Jesús que me fortalece” (Flp 4, 13) 

¿Cómo logró Pablo este crecimiento espiritual?  ¿Cuál es la clave del Apóstol? Tres son sus armas poderosas, verdaderas armas de Luz:  a) Una mente iluminada por la Verdad. b) Una voluntad firme, férrea y fuerte para amar. c) y un corazón lleno de amor a Cristo y a la Iglesia.

Estas hermosas realidades en la vida del Pablo lo hacen decir: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Tal debería ser vuestro culto espiritual” (Rom 12, 1). ¿Cómo puede esto hacerse realidad? Con la fuerza del Espíritu Santo y nuestros esfuerzos, renuncias y sacrificios, es decir, con la “Gracia de Dios” y nuestra colaboración podremos lograrlo: “Por eso te recuerdo que avives del don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos. Porque el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y templanza” (2 Tim 1, 7). La mezcla de la “gracia y nuestras renuncias y esfuerzos, dan a luz: una voluntad firme, férrea y fuerte para amar a Dios y al prójimo al estilo de Pablo. Voluntad que queda manifiesta en las “armas de Dios”

 

Cíñanse con el cinturón de la verdad. Vistan la coraza de la justicia. Calcen las sandalias del celo para propagar la Buena Nueva de la paz, Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, Pónganse el casco de la salvación, Empuñen la espada del espíritu que es la Palabra de Dios, y Vivan orando y suplicando, oren en toda ocasión, animados por el Espíritu (Ef 6, 14ss).

La conversión y la Comunidad Cristiana. Para el Apóstol san Pablo la fe verdadera es eclesial y pide vivir en Comunidad. En el capítulo 12 de la carta a los romanos encontramos algunas exhortaciones del Apóstol:

a)      El  culto espiritual. Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Tal debería ser vuestro culto espiritual (v. 1).

b)      La lucha contra el espíritu mundano y pagano. Y no os acomodéis a la forma de pensar del mundo presente; (v. 2)

c)       La renovación interior. Antes bien, transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.

d)       No valorarse por encima de los demás: En virtud de la misión que me ha sido confiada, debo deciros que no os valoréis más de lo que conviene; tened más bien una sobria autoestima según la medida de la fe que Dios ha otorgado a cada cual (V.3 ).

e)      Somos miembros unos de los otros. Pues así como nuestro cuerpo, aunque es uno, posee muchos miembros, pero no todos desempeñan la misma función, así también nosotros, aunque somos muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo: los unos somos miembros para los otros (vv 4.5).  

f)        La diversidad de los dones al servicio de la unidad. Pero tenemos dones diferentes, según la gracia que Dios nos ha concedido: si es el don de profecía, ejerciéndolo en la medida de nuestra fe si es el ministerio, sirviendo en el ministerio; si es la enseñanza, enseñando; 8 si es la exhortación, exhortando. El que da, que dé con sencillez; el que preside, que sea solícito; el que ejerce la misericordia, que lo haga con jovialidad. (vv. 6.7.8.)

g)       La caridad sincera, alegre y hospitalaria. Que vuestra caridad no sea fingida; detestad el mal y adheríos al bien; amaos cordialmente los unos a los otros, estimando en más cada uno a los otros. Sed diligentes y evitad la negligencia. Servid al Señor con espíritu fervoroso. Alegraos de la esperanza que compartís; no cejéis ante las tribulaciones y sed perseverantes en la oración.(vv. 9.10.11. 12. 13).

h)      Con espíritu de solidaridad: Compartid las necesidades de los santos y practicad la hospitalidad. Caridad con todos los hombres, aunque sean enemigos. Bendecid a los que os persiguen; no maldigáis. Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran.  Tened un mismo sentir los unos para con los otros (vv 14. 15. 16).

i)        Con espíritu de humildad: No seáis altaneros; inclinaos más bien por lo humilde. No os complazcáis en vuestra propia sabiduría (v. 17)

j)        No ser vengativos. No devolváis a nadie mal por mal; procurad el bien a todos los hombres. No os toméis la justicia por vuestra mano, queridos míos; dejad lugar a la ira, pues dice la Escritura: Mía es la venganza; yo daré el pago merecido, dice el Señor. (vv 10.19.)

k)       Ser pacíficos. Siempre que sea posible, y en cuanto de vosotros dependa, vivid en paz con todos. Antes al contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; haciéndolo así, amontonarás ascuas sobre su cabeza (v 20).

l)        Vencer con el bien al mal: (21)No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien.

A modo de conclusión.

 

No basta la sola fe, como tampoco basta tener buenos propósitos, la fe sincera pide protegerla y cultivarla para poder ver los frutos del Espíritu: el amor, la paz, el gozo… (Gál 5, 22). La fe sincera pide descendencia: “los buenos hábitos, el conocimiento, la templanza, la justicia, la tenacidad, la piedad, el amor fraterno y la caridad. “Quien tenga estas cosas abunda en el conocimiento de Dios, quien no las tenga está ciego y corto de vista y ha olvidado la antigua purificación de sus pecados” (2 Pe 1, 8- 9ss).

 

La fe sin obras está vacía y muerta, y el creyente se encuentra sin Dios, a merced de las fuerzas desintegradoras del mal. Recordemos las palabras del Maestro: “Sólo unidos a mí podéis dar fruto, sin mí, nada podéis hacer” (cfr Jn 15 4- 7)

 

Oración: Que el Espíritu que realizó la “Obra perfectísima de la Encarnación”, realice hoy en nosotros nuestra configuración con Cristo. Y que María, Nuestra Madre y Señora, nos lleve a Cristo su Hijo, para revestidos de su gloria podamos ser los hombres y las mujeres que la Iglesia necesita.

 

 

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