LOS
PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DE LA FAMILIA CRISTIANA.
Objetivo:
Presentar los principios fundamentales de la Familia, para que con una
conciencia más lúcida, los novios se preparen con responsabilidad para sus
futuras nupcias.
1.
La
Familia Comunidad de personas.
La
familia es una comunidad de personas, para las cuales el propio modo de vivir
juntos es la comunión. Solo las personas son capaces de existir en comunión. La
familia arranca de la comunión conyugal, llamado también “momento fundacional”
o “alianza conyugal”, por la cual el hombre y la mujer se entregan y aceptan
mutuamente (GS #48).
Juan
Pablo II en su “carta a la familia” hizo una clara distinción entre “comunión”
y “comunidad”. La comunión hace referencia
a la relación personal entre el “yo” y el “tú”. La Comunidad hacia una
“sociedad”, un “nosotros”, la familia, comunidad de personas, es por
consiguiente, la primera “sociedad” humana. La comunión de los cónyuges da
origen a la “comunidad” familiar.
2.
Fundamentos
de la alianza del matrimonio.
V El amor de los novios. La
alianza conyugal o matrimonio tiene como fundamento, el amor que debe ser
profundizado y custodiado solamente por el amor, aquel amor que es derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm. 5,5).
De
frente al matrimonio, los novios han de poseer una libertad afectiva, es decir,
que consiste en tener la certeza de ser amado y la certeza de que se ama y se
puede vivir creciendo en el amor. Cuando se tiene esta doble certeza es
entonces cuando se tiene la capacidad para elegir a un “tú” para formar la
“unidad” que da el matrimonio en el “Señor”, de modo que lleguen a ser “una
sola carne” (Gn. 2, 24). Porque nos amamos decidimos ser unidad; ser comunión;
ser comunidad de vida y amor que vive en la verdad.
V La elección personal. La
comunión conyugal se basa de manera única, en la recíproca elección de los
esposos; elección que descubre la plena verdad de la persona creada a imagen y
semejanza de Dios; elección libre y consciente que brota de dos personas
soberanas que son capaces de decidir por ellas mismas.
Cuando
no existe la decisión personal de los que se van a casar, sino que la voluntad de otros lo
decide, o cuando existen presiones externas, se da un verdadero atropello a la
dignidad de la persona. Nadie puede decidir por otros en cuestiones tan
importantes como es el de comprometerse en donación y entrega para toda la
vida. Hecho que solamente puede ser realizado por personas soberanas que eligen
con soberanía, esto es, de manera libre y consciente dejar de “pertenecerse”
para ser “don” para el ser que se ama; “para se ayuda adecuada” (Gn 2, 18).
3. La alianza conyugal
Alianza
significa Amor, pacto, donación y entrega mutua; dos amores que se donan
mutuamente para hacer alianza y compromiso de vivir el uno para el otro. Es la
base sólida de la unidad familiar y raíz de la “Identidad Familiar”. Esta
identidad es herencia y patrimonio, es
don y respuesta; es acogida y apertura. Podemos decir que la identidad da
rostro y sostiene la estructura familiar, cuando los miembros de la familia
llegan a perder su identidad se crea un vacío del cual salen fuerzas
desintegradoras
Alianza
elevada por Cristo a signo o sacramento del cual nace la “familia cristiana”,
llamada a ser “santuario de la vida”, portadora de la potencia creadora de
Dios, llamada a cooperar con el Creador para dar vida a nuevos seres humanos,
semejantes a ellos, no solamente “hueso de mis huesos”, sino imagen y semejanza
de Dios, esto es, personas. De manera que la generación sea una continuación de
la creación.
Alianza
que reza: “lo que es tuyo es mío, y lo que es mío es tuyo”. Todos es de todos y
todo se pone al servicio del bien común de la familia.
- Principios
fundamentales de la familia.
El
hombre está llamado a vivir en la verdad y en amor. Vivir en la verdad es vivir
en relación con Dios como hijo, con los demás como hermano y con las cosas como
amo y señor. Quién invierta el orden de está fundamental mentalidad no vive en
la verdad. Por el amor el hombre está llamado a vivir y a realizarse en la
entrega de sí mismo.
· La dignidad de la persona humana. El
peor enemigo de la “dignidad humana” es la “inversión de valores”. Que ha sumergido
y llevado al hombre a la pérdida de los valores familiares, y por lo tanto
humanos. Muchos hombres y mujeres viven en una “gran mentira”, generada por una
manera de pensar que genera actitudes de vida anticristianas y anti- humanas:
Creer que el hombre vale por lo que tiene o por lo sabe o por lo que hace. Esta
manera de pensar es la madre del “instrumentalismo” que hace hombres y mujeres
ser “instrumentos” de trabajo o de placer.
Nadie
vale por las cosas o el dinero que tenga; nadie vale por la figura del cuerpo o
por la clase de trapos que lleve encima o por el modelo del carro que maneje.
No son las cosas las que nos dan el valor fundamental a los seres humano, ni
siquiera nuestras acciones, todo esto es accidental, lo esencial es la
“dignidad de la persona”. Dignidad que grita el fundamento de nuestro valor:
“El hombre vale por lo que es”. Dignidad que encuentra su fundamento en lo que
somos: “Imagen y Semejanza” de Dios nuestro Creador, es fundamento y sede de
los valores humanos, una perla preciosa que manifiesta el valor fundamental de
la persona. La dignidad es expresada en la manera como nosotros nos
relacionamos con la vida, con Dios, con las cosas y con los demás.
· El principio de autoridad. La autoridad no es poder, sino una fuerza de
carácter moral, esto es lo que hace que sea legítima y auténtica y que tenga
como finalidad el “Bien común” capaz de hacer crecer, florecer y favorecer el
desarrollo de todo lo humano que hay en todos y cada uno de la familia. La
autoridad comprendida de esta manera es un verdadero servicio: nadie está por
encima de nadie. Cuando san Pablo habla del esposo como “cabeza” de la Iglesia,
se refiere en un sentido religioso a que él es el primero en buscar la
realización o salvación de todos y cada uno. (Ef. 5, 21ss.)
· El principio de subsidiaridad. Para
que el principio de autoridad funcione es necesario ser subsidiario, esto es,
ser capaz aportar lo necesario para el crecimiento adecuado de los demás.
“Tanta libertad cuánto sea posible, tanta autoridad cómo sea necesaria”. Le
Escritura lo confirma cuando dice: “el padre que ama a sus hijos los reprende y
corrige”.
“Recibe
estas arras son prenda del cuidado que tendré que no falte lo necesario en
nuestro hogar”. Sabemos que esta promesa hace referencia, no sólo a lo
material, sino también a todo lo que sea posible aportar para la realización de
la persona. Podemos pensar en comprensión, cariño, tiempo, alegría,
motivaciones, etc.
Dentro
de la familia cristiana no basta con estar juntos; mejor aún, esposos
cristianos no son los que viven juntos, sino son aquellos que viven el “uno
para el otro”. Y los dos, siendo unidad, se dan
sus hijos, construyendo con ellos la “Iglesia Doméstica”, lugar
privilegiado donde se comparte la Palabra de Dios, la oración y se practica la
caridad. La lógica del bien común se entiende entonces como el vivir en el
bien, la verdad y la caridad; en la donación y entrega mutua. Sólo entonces se
puede comprender que amar es dar y recibir lo que no se puede comprar ni
vender.
· El principio de solidaridad. Prometo
serte fiel en las “buenas y en las malas” “En la salud y en la enfermedad”.
Amar hasta los extremos. Estoy aquí porque te amo, aún a pesar de tu
enfermedad, no importa que ya no podamos tener relaciones sexuales, no importa
que no puedas rendir con la eficacia de antes por tu enfermedad. Esto es
posible cuando el otro, la otra vive en nuestro corazón. Somos solidarios
cuando nos metemos en los zapatos del otro cuando me meto en su dolor, en su
sufrimiento.
La
solidaridad exige el acercamiento al otro, para tomar sobre sí su destino y su
experiencia de dolor, pobreza o necesidad específica. El amor es fuerza
solidaria.
En
la familia se tiene la exigencia de educar para la solidaridad que nos pone de
frente al destino universal de los bienes: “El que ve a su hermano pasar
necesidades y no le ayuda es peor que un pagano” (cf 1 Jn 3, 17), esto es, que
nadie pase necesidades entre los miembros de una misma familia. Dios ha creado
los bienes para todos, de manera aplicada a la familia: “Todo es de todos”.
Nadie tiene derecho apropiarse del bien que los demás necesitan para su
realización. Se debe ir en contra del acaparamiento, del consumismo que hace
gastar inútilmente y del derroche. Se debe favorecer la austeridad y el uso
debido de las cosas, del compartir, de poner mis bienes al servicio de los
demás.
La
familia solidaria es el lugar más apropiado para practicar el Mandamiento Regio
de Jesús: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado” (Jn 13, 34). Sin
Jesús nadie puede guardar el “Mandamiento Regio”.
· El Bien común. El
bien común del matrimonio y de la familia. Cuando se tienen en cuenta las
actitudes anteriores podemos hablar de cultivar y madurar en el amor poniendo
siempre nuestra mirada en Aquel que es Padre y Autor de la familia, de acuerdo
a las palabras del Apóstol Pablo: “Me pongo de rodillas delante del Padre de
quien recibe su nombre toda familia...” (Ef.3, 14).
Dentro
de la familia cristiana nadie vive para sí mismo y nadie tiene como propio lo
que de hecho es de todos.
“Te
quiero a ti,...como esposa..y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las
alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi
vida”. En otras palabras que expresan el mismo sentido los cónyuges mutuamente
deciden entregarse “todo”: el amor, la fidelidad, la honra y la duración de su
unión hasta la muerte, el cuerpo y los bienes.
5.
Ser
ayuda adecuada para los otros.
“No
es bueno que el hombre está solo” (Gn 2, 18) A la luz de esta realidad puede la
mujer ser la ayuda adecuada para el hombre y este para la mujer, los dos juntos
para sus hijos, y estos para sus padres, ya que el bien de los esposos son también los hijos y
el bien de ellos es también de los hijos, y es además, constituido por el valor
de la persona y por todo aquello que representa medida de su dignidad. No la
familia no hay lugar para los individualismos, esto es, nadie vive para sí
mismo. Cada uno de los miembros es un regalo para los demás.
Es
en la entrega de sí mismos, mediante la
cual los esposos, los padres, los hijos o los hermanos se encuentran
plenamente, se realizan y se santifican. Entrega que debe ser renovada y
garantizada constantemente, ante muchas formas de oposición que la Iglesia
encuentra por parte de los partidarios de una falsa civilización del amor y del
progreso. Hermanos amemos nuestras familias. Quien ama a su familia se ama a sí
mismo.
En efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y estos encuentran
en ella la primera escuela de esas virtudes sociales como la justicia, la
honradez, el respeto, la veracidad, la generosidad, la solidaridad, etc., que
son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma.
La
familia como comunidad de vida y amor es espacio privilegiado para cultivar la
“civilización del amor”. Lugar donde toda la belleza humana es descubierta,
liberada y cultivada mediante el cultivo
de las virtudes cristianas: viviendo en comunión con Dios y con las demás
familias. La “Civilización del amor”
está cimentada en tres bases que consolidan y entrelazan la estructura
familiar: El amor que expulsa el odio; la verdad que hecha fuera la mentira y
la falsedad; la vida que llena los vacíos de muerte. Donde hay amor, verdad y
vida ahí está Cristo. El es el Camino (El Amor), la Verdad y la Vida. La
presencia de Cristo en la familia asegura la entrega, el amor limpio y la
fuerza para vencer los obstáculos o barreras que puedan levantarse entre los
miembros de la familia. AMEN.
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