AHORA BIEN, PUESTO QUE ERES TIBIO, Y NO FRÍO NI CALIENTE, VOY A VOMITARTE DE MI BOCA.

 

AHORA BIEN, PUESTO QUE ERES TIBIO, Y NO FRÍO NI CALIENTE, VOY A VOMITARTE DE MI BOCA.

 

La tibieza es una enfermedad espiritual, resultado de la mezcla del bien y el mal; entre la voluntad de Dios y otras voluntades; entre las virtudes y los vicios. Por lado se hace oración, se encienden velas o se hacen algunas devociones, pero por otro lado, se hacen cosas al margen de Dios, cayendo en el protagonismo, en el conformismo o en el relativismo. Se hacen algunas cosas con apariencia de ser muy religiosos, pero, sin conversión y sin amor.

"Al Angel de la Iglesia de Laodicea escribe: Así habla el Amén, el Testigo fiel y veraz, el Principio de la creación de Dios. Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca. (Apoc 3, 14- 16) “Conozco tu conducta” Dios conoce nuestro interior y conoce nuestras intensiones, si lo hacemos para su Gloria o por puro protagonismo religioso.

Cuando por primera vez encontré este texto bíblico, me di cuenta que yo no era caliente, como tampoco era frío, pues rezaba, hacia algunas obras de caridad, iba a la Iglesia, pero por otro lado hacia y tenía conductas pecaminosas, llevaba una vida mundana y pagana, entonces se me abrió la mente y comprendí que lo que realmente era: “Un hombre tibio” Me imagine ser una escupida del Señor, es decir, ser excluido y rechazado. “Aléjense de mí los que obran el mal” (Mt 7, 23)

Lo más triste es vivir engañado, como niños espirituales sin saber lo que es bueno y lo que es malo o en llamarle bueno a lo malo y malo a lo bueno. O en creerme bueno sin serlo. Lo triste es vivir como una fachada en lo que no se puede vivir; en una vivienda en la que se entra y se sale, recordando las palabras del Señor: "Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre." (Jn 8, 35)

La tibieza espiritual es una modalidad de pecado, como también es la ceguera, la sordera y la cojera, entre otras. O estamos ciegos, o le hacemos al ciego y nos hacemos pasar por buenos: “Tú dices: «Soy rico; me he enriquecido; nada me falta». Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo.” La ceguera espiritual nos lleva a vivir en las tinieblas, y por lo tanto, no reconocemos nuestros pecados, estamos o vivimos sin la gracia de Dios. Sólo una intervención de Dios en nuestra vida nos puede despertar como dice san Pablo: "Pues todo lo que queda manifiesto es luz. Por eso se dice: Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo." (Ef 5, 14) Dios no abandona la obra de sus manos; no quiere la muerte del pecador si no que se convierta y viva (Ez 18, 32) Por eso nos dice el Apóstol san Pedro: "El Dios de toda gracia, el que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de breves sufrimientos, os restablecerá, afianzará, robustecerá y os consolidará." (1 de Pe 5, 10) Aparecen las pruebas, viene a visitar para corregirte, porque te ama y viene a rescatarte para que endereces tu camino o tu conducta: “Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestidos blancos para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez, y un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista.” El Señor quiere restaurarnos todo, integralmente: mente, cuerpo y espíritu  (1 Ts 5, 21).

 

En el Eclesiástico nos dice: "Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba. Endereza tu corazón, manténte firme, y no te aceleres en la hora de la adversidad. Adhiérete a él, no te separes, para que seas exaltado en tus postrimerías. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y en los reveses de tu humillación sé paciente. Porque en el fuego se purifica el oro, y los aceptos a Dios en el honor de la humillación." (Eclo 2, 1- 5) En la primera carta de Pedro la Palabra nos dice: "a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo." (1 de Pe 1, 7)

“Yo a los que amo, los reprendo y corrijo. Sé, pues, ferviente y arrepiéntete.” Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo. ( Apoc 3, 18- 20) La corrección es hecha con amor y por amor, por eso de humildes es dejarse corregir y entrar en la prueba es entrar en el horno de fuego que quema, pero, no destruye, sino que purifica. (cf 1 de Pe 1, 7) Es un momento de cruz. No te bajes de la cruz, permanece en mi amor, nos dice el Señor. “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno me abre la puerta, seremos amigos, se hará mi discípulo, haremos una alianza de amistad y de servicio.

Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias." (Apoc 3, 14- 22) El trono de Jesús en esta vida fue la cruz, y en ella, y desde ella, se hizo el Vencedor del pecado, del mundo y del Maligno. Ahora el Apóstol Pablo nos recuerda: “Todo el que es de Cristo, está crucificado con él, muriendo al pecado y viviendo para Dios (Gá 5, 24- 25) La cruz de Jesús hoy día no es de madera ni de acero ni de perlas preciosas, es un estilo de vida: “Vivir como Jesús vivió” haciendo la voluntad de su Padre.

La cruz de Jesús es negarse a sí  mismo, es aceptar la voluntad de Dios, es configurarnos con él, tal como lo dice el mismo Jesús: "Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?" (Lc 9, 23- 25) No hay lugar para idealismos ni protagonismos ni conformismos o para individualismos o para llevar una vida mediocre y cómoda. A todo eso hay que crucificarlo en la cruz de Jesús para aceptar la Voluntad de Dios y someterse a ella., amando y sirviendo al Señor, Aquel que nos amó y se entregó por nosotros, para que también nosotros lo sigamos y le sirvamos, desde su trono que es nuestro: la cruz, camino de la resurrección. (cf Gál 2, 19- 20)

El mensaje a la iglesia de Laodicea es una invitación amorosa de parte del Señor Cristo Jesús hoy día a la conversión: Darse media vuelta, romper los ídolos, para orientar la vida hacia el Señor de la Gloria, buscando su Rostro y cultivando las virtudes, bajo la luz y la acción del Espíritu Santo.





 


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