EL PODER DE LA FE SE MANIFIESTA EN EL SERVICIO


Resultado de imagen para IMAGENES DE LAS VIRTUDES TEOLOGALES El poder de la fe se manifiesta en el servicio.

Iluminación. Dijeron los apóstoles al Señor: «Auméntanos la fe.»  El Señor respondió: «Si tuvierais una fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido.» (Lc 17, 5-6)

1.     Razonemos nuestra fe

Para razonar nuestra fe encontramos en la enseñanza del Señor Jesús dos maneras para entender nuestra fe, la del fariseo y el del publicano y la de los escribas y la viuda pobre. Personajes del siglo 1° y a la vez del siglo XX1. Dos modos de sentir, de vivir y dos modos de rezar para dirigirse a Dios.
Decía también en su instrucción: «Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Ésos tendrán una sentencia más rigurosa.» (Mc 12, 38- 40) ¿Qué encontramos en estos hombres que eran los encargados de la religión del templo y magistrados de la Ley de Moisés? ¿Dinero, aplausos, poder, reconocimiento? ¿Era su religión un modo para enriquecerse con la fe de los creyentes? Para el Señor Jesús, el ropaje de estos hombres era la “hipocresía”, y por lo tanto su religión era pura fachada, razón por la que advierte a todos diciendo: “guardaos de los escribas” “guárdense de la levadura de los fariseos” (Lc 12, 1).

2.     El óbolo de la viuda.

Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro. Muchos ricos echaban mucho; pero llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba; ésta, en cambio, ha echado, de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.» (Mc 12, 41- 44) Mientras que unos confían en sus riquezas y daban en abundancia, y lo hacían haciendo ruido para agradara su Dios y para quedar bien con la gente, la viuda depositó en la alcancía todo lo que tenía, y lo hace de todo corazón. Una mujer con un corazón libre, con la libertad interior; la libertad afectiva a la que Pablo llamada: “la libertad de los hijos de Dios (cf Gál 5, 1)Dos cosas vemos en esta pobre mujer: confianza y generosidad, fe y amor.
3.     El fariseo y el publicano.

“«Dos hombres subieron al templo a orar: uno fariseo y otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres: rapaz, injusto y adúltero; ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana y doy el diezmo de todas mis ganancias.’ En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’ (Lc 18, 10- 13) El fariseo le presume a Dios las obras de su fe, se compara desprecia y juzga al publicano, que presenta ante Dios con humildad y arrepentimiento su vida de pecado (Slm 51, 19 (50). El primero busca que Dios lo premia por sus buenas acciones y por su buen comportamiento, en cambio el segundo sólo buscaba la misericordia de Dios y el perdón de sus pecados. Uno se retiró del templo vacío y desnudo, el otro se retiro justificado y revestido de humildad. Lo de uno era pura fachada mientras que el otro había abierto su corazón a Dios. Sólo quien ora con humildad puede abrirle su corazón a Dios.
¿Cómo razonar nuestra fe? Confrontar nuestra vida con la Palabra de Dios para darnos cuenta si nuestra fe es verdadera o somos simplemente, al vivir en las apariencias, una  fachada inhabitable. Nuestra fe debe de ser crítica para aceptar que otros nos critiquen y hasta se burlen de nuestra religión, y más aún, criticarnos a nosotros mismos cuando nos damos cuenta del divorcio entre fe y vida, entre razón y voluntad. Para luego pasar a una fe penitente que nos lleve por el camino del arrepentimiento para orientar nuestra vida hacia la Meta, siguiendo las huellas de Jesús y redimiendo el mal que llevamos dentro. Redimr es vencer con el bien el mal (cf Rm 12, 21) Es el modo de alcanzar con el poder de la fe, nuestra configuración en Cristo y nuestra madurez humana (ef 4, 13).
4.     El poder de la fe
«Si tuvierais una fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido.» (Lc 17, 6) La fe que nace de la predicación de la Palabra de Dios (cf Rm 10, 17) nos inicia en el camino del discipulado según las Palabras de san Juan: “Ten en cuenta que estoy a la puerta y voy a llamar; y, si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos los dos” (Apoc 3, 20). Discípulo es el que escucha la palabra de Dios y la obedece. Entonces quien abra la puerta de su corazón, es aquel que escucha y obedece; abre su corazón para que el Señor entre y haga su trabajo en su discípulo. Esto nos hace pensar que el poder de lo Alto, el Espíritu Santo, implícito en la Palabra de Dios nos convierte en “testigos” de Cristo. Esto es el servicio que Cristo nos ofrece a los creyentes: “Lavar los pies” para participar de su reino de amor, de paz y de gozo (cf Jn 13, 8). El poder de la fe siempre se manifiesta como servicio de Dios a los hombres y de estos a Dios en favor de los demás.

El peor enemigo de la fe es la “soberbia” que engendra a su primogénito que es el “individualismo” que se niega a obedecer, amar y a servir. En cambio, con el poder de la fe, “podemos arrancar árboles y plantarlos en el mar.” Para la lengua semítica, “arrancar árboles y plantarlos en el mar” significa cambiar nuestra manera de pensar negativa, pesimista y despectiva por una manera de pensar optimista, positiva, creativa, amable generosa y servicial. La Palabra que engendra la fe cambia nuestra manera de pensar y nos introduce en el camino de la conversión cristiana. Por la escucha de la palabra entramos en Comunión con Dios y con todos los miembros del Cuerpo de Cristo para crecer con la fuerza del Espíritu en personas plenas, fértiles y maduras en Cristo Jesús (cf Ef 4, 13) El grano de trigo que muere pasa por el nuevo nacimiento, luego, crece y madura para ser un “servidor de Dios y Apóstol, de Jesucristo” (Ti 1,1) siguiendo el proceso de la semilla de mostaza (cf Mc 4, 30ss).
5.     Dichosos los pobres.

Un fruto de la Palabra es la pobreza de espíritu. Toda la riqueza se pone a los pies de Cristo (cf Jn 4, 28) La primera bienaventuranza lo confirma: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3) Pobres de espíritu son aquellos que son tan pobres que no pueden confiar en sí mismos o en sus riquezas materiales, intelectuales o espirituales ni en sus palancas, por eso pueden confiar en Dios. La pobreza engendra la humildad y el desprendimiento. El humilde reconoce sus fragilidades, debilidades y su pecaminosidad, pero, a la vez, reconoce sus cualidades, talentos y bienes materiales los que reconoce como regalo de Dios para su propia realización y para la realización de los demás: “Pues, ¿quién es el que te prefiere? ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido, ¿a qué vanagloriarte, como si no lo hubieras recibido? ¿Porqué no compartirlo con los demás?” (cf 1 Cor 4, 7) San Pablo después de su encuentro con Cristo nos dice: “Por esto precisamente soporto los sufrimientos que me aquejan. Pero no me siento un fracasado, porque sé muy bien en quién tengo puesta mi fe; y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel Día” (2 Tim 1, 12) y Jesús el Señor nos consuela al decirnos: “Dichoso el que no se sienta defraudado por mí” (Mt 11, 6). Jesucristo no vino a ser ricos a los pobres, vino anunciar el Evangelio para que todo el que crea se salve (cf Mc 16, 15; Lc 4, 18)

6.    De la pobreza a la confianza, a la esperanza y a la caridad.

Del encuentro con Cristo en la fe brota la confianza. Saberse amado por Dios, perdonado y salvado por la Misericordia de Dios y no por nuestros méritos (cf Gál 2, 16, Rm 5, 1) Experiencia de encuentro que es liberadora, gozosa, iluminadora y gloriosas; experiencia que nos hace “hombres nuevos” (cf 2 Cor 5, 17) Experiencia que nos hace probar lo bueno que es el Señor (cf Slm 34, 8) y se convierte en el motor de nuestra vida cristiana. Si el Señor me ama incondicionalmente, me perdona y me reconcilia, yo también me amo, me perdono y me reconcilia. La confianza en el Señor es sanadora, liberadora, reconciliadora y transformadora. Tanto la confianza como la esperanza, sólo pueden nacer y crecer en un corazón pobre y sencillo que se abra a la acción del Señor. Escuchemos a la Sagrada Escritura: “Hijo, si te acercas a servir al Señor, prepárate para la prueba. Endereza tu corazón, mantente firme, y no te angusties en tiempo de adversidad. Pégate a él y no te separes, para que seas exaltado en tu final. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y sé paciente en las humillaciones, porque el oro se purifica en el fuego, y los que agradan a Dios, en el horno de la humillación. Confía en él, y él te ayudará; endereza tus caminos y espera en él (Eclo 2, 1-6). Cuatro hermosas virtudes brotan de un corazón pobre: Paciencia, confianza, esperanza y misericordia” para hacerse un servidor aprobado.

7.     La esperanza cristiana

La Esperanza es el don de Cristo a quien se deja encontrar por él. La Esperanza guía a los hijos de Dios a los terrenos del amor, de la verdad y de la justicia (cf Rm 8, 14). Es el alma del compromiso cristiano que hace que nuestra caridad sea sincera, alegre y hospitalaria (cf Rm 12, 10) Se alimenta y se hace fuerte con las Promesas del Señor y el Acontecimiento histórico que divide nuestra vida en dos; un antes de conocer a Cristo y un después de conocerlo, antes éramos tinieblas, ahora somos luz que genera bondad, verdad y justicia (cf Ef 5, 8) La esperanza es el alma de nuestras actitudes cristianas que nacen de la comunión con Cristo: la amabilidad, la generosidad, la libertad creativa, el servicio. Actitudes  que se convierten por la acción del Espíritu Santo y con nuestros esfuerzos en “valores del Reino” como son el compartir, la dignidad humana, la solidaridad humana y el servir a los intereses del Reino. Valores empapados y revestidos del amor de Cristo infundido en nuestros corazones  (Rm 5, 5) para que respondamos a la “Voluntad de Dios manifestada en el “creer en Jesús” y en el  “amor reciproco” (cf 1 Jn 3, 23).

8.     La fuerza de la fe, esperanza y la caridad es la Oración.

La oración no está al final del proceso, sino, a lo largo del camino desde sus mismos inicios. “Señor, auméntanos la fe” dice Pedro a su Maestro (Lc 17, 5). Felipe le pide: “Señor enséñanos a orar” (Lc 11, 1). El Señor con su vida de Orante nos enseña la importancia de la oración para nuestra vida: “Vigilad y orad” (Mt 26, 41) nos está diciendo que la oración es para la fe como el aire es para los pulmones. Una fe sin oración se debilita y muere. De la misma la experiencia nos dice que quien hace oración se convierte y se salva. La oración como la fe debe de ir acompañada del amor que brota del corazón limpio, de una fe sincera y de una recta conciencia (cf 1 Tim 1, 5). El Señor confirma las palabras del profeta Isaías al hablar de la oración: “Qué nuestra oración sea íntima y cálida, perseverante e intercesora (cf Is 29, 13; Mt 15,8s; Lc 18,1-6) para que no sea de labios para fuera, razón por la que recomienda orar por los enemigos (cf Lc 6, 27) Orar es invocar a Dios y abrirle el corazón para que habite por la fe en nuestro interior (cf Ef 3, 17). La oración debe acompañar al siervo de Dios desde la siembra hasta la cosecha para descubrir al enemigo que siembra la cizaña y cultivar con amor todo crecimiento espiritual, según la recomendación de Jesús: «Cuidad que no se emboten vuestros corazones por el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros” (Lc 21, 34)

Los servidores, discípulos y apóstoles del Señor al igual que su Maestro debemos orar por nuestros hermanos y acompañarlos en su camino de crecimiento: “¡Simón, Simón! Sábete que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo, pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos en la fe” (Lc 22, 31) Sabiendo que la confianza, la obediencia y el amor a Dios y a nuestro próximo garantiza la escucha de nuestra oración: pero el mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado. Levantaos. Vámonos de aquí” (Jn 14, 31).

Sólo para recordar la fe se cultiva y crece con la oración, la escucha de la Palabra, la liturgia de la Iglesia, las obras de misericordia, la pequeña comunidad y el apostolado. Estos son lugares de encuentro con el Señor y a la misma vez, medios para dar crecimiento a la fe, la esperanza y a la caridad.

1 comentario:

  1. Las virtudes teologales tan indispensables en nuestra vida para crecer en el amor a Cristo Jesús.
    Que Dios Padre aumente en nosotros la fe, la esperanza y el amor, para servirlo de la mejor manera. Que vivamos en oración permanente para estar junto a la Vid verdadera.
    Gracias Padre Uriel por esta evangelización.
    Saludos y bendiciones siempre. :)

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