LA LUCHA ES ENTRE LA CARNE Y EL ESPÍRITU

 


LA LUCHA ES ENTRE LA CARNE Y EL ESPÍRITU

Por mi parte os digo: Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que quisierais.  (Gál 5, 16- 17)


Hermanos: Si los guía el Espíritu, ya no están ustedes bajo el dominio de la ley. (Gál 5, 18) El dominio de la ley lleva a la esclavitud. El dominio del Espíritu nos lleva a la Libertad. No al libertinaje, sino a la libertad de los hijos de Dios (Gál 5, 13)

Dos estilos de vida, la carne y el Espíritu. La carne es una vida conducida por el espíritu del mundo; espíritu pagano, (de los ídolos) y espíritu de pecado. Mientras que la espiritualidad cristiana o bíblica, consiste en una vida conducida por el Espíritu Santo de Dios. Pablo nos habla de muchos espíritus que no vienen de Dios, no vienen de la fe, conducen al pecado (Rm 14, 23) Entre ellos se encuentran los que producen las “Obras de la carne” que entre otros son: las obras que proceden del desorden egoísta del hombre: la lujuria, la impureza, el libertinaje, la idolatría, la brujería, las enemistades, los pleitos, las rivalidades, la ira, las rencillas, las divisiones, las discordias, las envidias, las borracheras, las orgías y otras cosas semejantes. Respecto a ellas les advierto, como ya lo hice antes, que quienes hacen estas cosas no conseguirán el Reino de Dios.” (Gál 5, 19- 21) Por que la carne es vida mundana, pagana, vida de pecado. Y está al servicio del hombre viejo, padre de todos los vicios. (Ef 4, 23)

En cambio, los frutos del Espíritu Santo son: el amor, la alegría, la paz, la generosidad, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio de sí mismo. Ninguna ley existe que vaya en contra de estas cosas (Gál 5, 22- 23) Son también llamados frutos de la fe. Son fruto del cultivo de la fe y la conversión. “Trabaja y protege” ha dicho Dios al hombre (Gn 2, 15) Toda planta que se ha sembrado con amor, crece muy alto si se cultiva. Recordemos que el árbol se conoce por sus frutos, el árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo, da frutos malos (Mt 7, 16ss). La fe y el amor son como padre y madre de todas las virtudes (cf Gál 5, 6) Las virtudes vienen de la comunión con Cristo (Jn 15, 4) Vienen de la fe (cf Ef 6, 10)

El fruto bueno es consecuencia de la acción del Espíritu Santo y de nuestras decisiones. Y los que son de Jesucristo ya han crucificado su egoísmo junto con sus pasiones y malos deseos. Si tenemos la vida del Espíritu, actuemos conforme a ese mismo Espíritu.(Gál 5, 24- 25) El Espíritu Santo nos lleva a Cristo, y quien se deje conducir por él se hace hijo de Dios (Rm 8, 14- 15) Y todo aquel que es de Cristo, abraza la cruz para morir en ella y resucita con Cristo para vivir para él. Ama a Cristo el que guarda sus Mandamientos y guarda su Palabra y ama al prójimo. (Jn 14, 21. 23; 1 de Jn 2, 3) A esto Pablo le llama estar crucificado con Cristo, muriendo al pecado y viviendo para Dios. El grito de Pablo es no “Te bajes de la Cruz” Entra en su Pascua y permanece en ella para que puedas vivir con Cristo y reinar con él (2 Tim 2, 10-13).

En aquel tiempo, Jesús dijo: “¡Ay de ustedes, fariseos, porque pagan diezmos hasta de la hierbabuena, de la ruda y de todas las verduras, pero se olvidan de la justicia y del amor de Dios! Esto, debían practicar sin descuidar aquello. ¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar los lugares de honor en las sinagogas y que les hagan reverencias en las plazas! ¡Ay de ustedes, porque son como esos sepulcros que no se ven, sobre los cuales pasa la gente sin darse cuenta!” Entonces tomó la palabra un doctor de la ley y le dijo: “Maestro, al hablar así, nos insultas también a nosotros”. Entonces Jesús le respondió: “¡Ay de ustedes también, doctores de la ley, porque abruman a la gente con cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni con la punta del dedo!” (Lc 11, 42-46)

Los fariseos eran los hombres de la religión del templo, los que sentados en la cátedra de Moisés, enseñaban la Palabra de Dios a la gente. Jesús los desenmascara, les dicen andan y caminan en la carne y no en el Espíritu. Por eso les dice a sus discípulos: "«Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos."(Mt 5, 20) Estos hombres pagaban el diezmo, hacían oraciones hasta siete veces al día, ayunaban dos veces a la semana, guardaban los Mandamientos, pero no tenían “Justicia, amor ni misericordia. Eran protagonistas, legalistas, rigoristas y perfeccionistas, buscando siempre los mejores lugares y los mejores puestos, los que más dejaban dinero. (Mt 23, 1ss) No hacían y no construían la Comunidad soñada por Cristo.

Para vivir la espiritualidad de la comunión que es conducida por el Espíritu Santo es necesario cuatro cosas: La primera es dedicarse a buscar a Dios. Lo encuentra quien lo busca de todo corazón (Jer 29, 13) ¿Ya lo encontraste? ¿Dónde? En mi corazón, todo lo que hice fue entrar dentro y encontrarme con él. La segunda: Ahora ve y búscalo  en los otros y luego regresa. ¿Ya lo encontraste? No, no lo pude encontrar en los demás. Entonces tampoco lo encontraste en ti, sigue buscando. Después de un tiempo de búsqueda regresa y dice: “Ahora si ya lo encontré.”  La tercera cosa: “Ahora acéptalo como un alguien que te pertenece,” es uno más de tú familia. ¿Lo aceptas?, sí lo acepto. Ahora acéptalo como un regalo de Dios para ti, y tú acepta que eres un regalo de Dios para él. Lo acepto. La cuarta cosa: “Profundiza en la misión que se te ha encomendado” ¿Cuál es esa misión? “Cargar con las debilidades de los demás” (Rm 15, 1) Para que puedas ser parte de esa Comunidad fraterna, solidaria y servicial.

No seamos como los escribas y fariseos que ponían cargas pesadas, pero ellos nada: “¡Ay de ustedes también, doctores de la ley, porque abruman a la gente con cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni con la punta del dedo!” Ellos no se sabían el Padre nuestro que Jesus enseñó a sus discípulos. Qué nos dice: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt 6, 12) A lo anterior podemos añadir: Ámanos como nosotros amamos a los demás; ayúdanos como nosotros ayudamos a los demás; bendícenos como nosotros bendecimos a los demás; compártenos tu pan como nosotros compartimos el nuestro con los demás. Y si no lo hacen, nosotros amemos, bendigamos y perdonemos, aunque los demás, no lo hagan.

Escuchemos el criterio de oro: "«Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas."(Mt 7, 12) Sirvamos con excelencia: buscando el bien para los demás, el bien que queremos para nosotros mismos.

 

 

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