LOS MORDIDOS DE SERPIENTES QUEDARÁN SANOS AL MIRAR A LA SERPIENTE DE BRONCE.

 

LOS MORDIDOS DE SERPIENTES QUEDARÁN SANOS AL MIRAR A LA SERPIENTE DE BRONCE.

"Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: «¿Por qué nos habéis subido de Egipto para morir en el desierto? Pues no tenemos ni pan ni agua, y estamos cansados de ese manjar miserable.» Envió entonces Yahveh contra el pueblo serpientes abrasadoras, que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel. El pueblo fue a decirle a Moisés: «Hemos pecado por haber hablado contra Yahveh y contra ti. Intercede ante Yahveh para que aparte de nosotros las serpientes,» Moisés intercedió por el pueblo. Y dijo Yahveh a Moisés: «Hazte un Abrasador y ponlo sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y lo mire, vivirá.» Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida." (Nú. 21. 5- 9)

Tres clases de serpientes existen ahora en nuestra tierra. La primera es una serpiente que se mete en el agua y se enreda en las raíces de los árboles y espera que se acerque su víctima para cogerla. Luego estira y afloja, hasta cansar al animal, luego la envuelve y se restira para quebrantar los huesos, para luego tragárselo, sólo deja la cabeza, sobre todo cuando tiene cuernos. La otra serpiente escupe o tira un vaho sobre las víctimas, las adormece para luego tragárselas. La tercera, muerde deposita su veneno en sus víctimas en diez minutos están muertas.

Podemos hablar de tres serpientes o de tres concupiscencias, tres tentaciones que pueden llevarnos a la muerte, muerte espiritual, ya que el salario del pecado es la muerte (Rm 6, 23) Cristo resucitado cuando envía a sus discípulos les dice: “Tomarán serpientes en sus manos, los morderán, pero no morirán Porque tienen el contra veneno, que es la fe. “Están son las señales para los que crean: "Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.»" (Mc 16, 16- 18)


La fe es ver a Jesús, es ir a Jesús  para escucharlo y dejarnos curar por él: "«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»" (Mt 11, 28- 30) Son los tres pasos de la fe: Ir a Jesús estregarle la carga y recibir la suya. En la sanación de un leproso, éste va con Jesús, se postra ante él y le suplica: “el Señor lo acoge, extiende su mano y luego le dice: quiero, queda sano” (Mc 1, 40).


Veamos el cumplimiento de la promesa que Dios hace a Moisés para sanar a los mordidos por las tres serpientes o por las tres concupiscencias del pecado: el poder, el tener y el placer. "Jesús les dijo otra vez: «Yo me voy y vosotros me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado. Adonde yo voy, vosotros no podéis ir.» Los judíos se decían: «¿Es que se va a suicidar, pues dice: "Adonde yo voy, vosotros no podéis ir?» El les decía: «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Ya os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados.» Entonces le decían: «¿Quién eres tú?» Jesús les respondió: «Desde el principio, lo que os estoy diciendo. Mucho podría hablar de vosotros y juzgar pero el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a él es lo que hablo al mundo.» No comprendieron que les hablaba del Padre. Les dijo, pues, Jesús: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él.» Al hablar así, muchos creyeron en él." (Jn 8, 21- 30)

La fe que salva es creer que Jesús es el Hijo de Dios, el Don, el Maestro, el Salvador, y el Señor, Jesus se apropia del Nombre de Dios: “Yo soy.” Yo hago siempre lo que a Él le agrada; Él siempre está conmigo, nunca me deja solo. Jesús busca la Gloria de su Padre por eso hace de su alimento la Voluntad de su Padre y realizar su Obra (Jn 4, 34) “Cuando hayáis levando al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy.” Jesús da Gloria a su Padre con su pasión y con su muerte de cruz: muere para que nuestros pecados sean perdonados y resucita para darnos vida eterna (Rm 4, 25; Jn 6, 39) Creer en Jesús es aceptar que Él murió por nuestros pecados, que nosotros matamos a Jesús, y entonces, Él nos justifica: perdona nuestros pecados y nos da el don del Espíritu Santo (Rm 5,1- 5)

Con cuánta razón san Pablo nos dice que la fe viene de lo que se predica, el anuncio del Señor Jesús, de su Pasión, de su muerte, de su resurrección y del misterio de su Reino (cf Rm 10, 17) Quien crea en Jesús es ahora una “Nueva Creación” lo viejo ha pasado, lo que ahora hay es lo nuevo: Cristo resucitado, el Espíritu Santo y todo aquel que esté en Cristo, es hombre nuevo. Ahora le pertenece a Cristo con todo y cuánto tiene: “Pues los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias. Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu. No busquemos la gloria vana provocándonos los unos a los otros y envidiándonos mutuamente." (Gál 5, 24- 26) Busquemos la gloria de Dios dando muerte al pecado y cultivando las virtudes, “Huyamos de la corrupción, de las pasiones de la juventud y busquemos a Dios” (cf 2 Ti 2, 22)

Jesús se acerca a nuestra vida, entra en el corazón que le abre las puertas del corazón, que lo obedece y se deja conducir por Él. (cf Apoc 3,20) La experiencia de la fe, es la experiencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en nuestros corazones. “Mi Padre y yo siempre trabajamos” en vuestra salvación, liberación y santificación: “Qué el Espíritu Santo los fortalezca interiormente y que Cristo habite en vuestro corazón para que el amor eche raíces y puedan crecer en la experiencia de Dios (cf Ef 4, 16-17) y queden sanados de su mente, de su cuerpo, de su corazón y de su espíritu.

La fe cristiana es don y respuesta; el que responde se libera y se sana de la presencia y del estrago de los espíritus de impureza que se anidan y enraízan en nuestros corazones. Tres palabras, tres invitaciones amorosas hace Jesús a sus nuevos amigos a quienes les invita a crecer en la fe: La primera palabra es:  “Niégate a ti mismo. Lo que significa renunciar a todo el mal. "Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará". (Lc 9, 23-24) El que quiera salvar su vida mediante el poder, el tener o el placer, se le embota la mente, se le endurece el corazón, pierde la moral y cae en el desenfreno de sus pasiones ( Ef 4, 17, 18) Razón por la que san Pablo nos dice: “Despojaos del hombre viejo y revestíos del hombre nuevo en justicia y santidad” (Ef 4, 24)

La segunda palabra es “Ámame.” ¿Cómo poder amarlo si no vemos? La evangelización nos lleva al conocimiento de la Verdad, Cristo Jesús, él mismo nos lo dejó dicho: "El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.» Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él." (Jn 14, 21.23) Guardar sus Mandamientos y guardar su Palabra. En lo primero él se manifiesta en nuestra vida y en lo segundo vienen, el Padre y el Hijo habitar en nuestros corazones. ¿Cómo se manifiesta el Señor en nuestra vida? La respuesta podía ser “Sanándonos,” y para sanarnos, nos libera, nos reconcilia, nos hace una Nueva Creación y luego nos promueve para que seamos sus ministros, sus profetas, sacerdotes y sus reyes, es decir sus servidores.

La tercera Palabra es: “Sígueme.” Lo que significa configurarnos con él para servirlo con entrega, decisión y con amor. “Aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 30) “Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros." (Jn 13, 13- 15) El sígueme está íntimamente ligado a las dos invitaciones anteriores: Niégate y Ámame. Sin las cuales no podemos servir al Señor. La unidad de las tres nos llevan a la configuración con Cristo al vivir como él vivió. El camino es las “Bienaventuranzas.” Ser pobres, limpios de corazón, misericordiosos, pacíficos, justos… Para vivir como él y ser como él, y poder decir con Él: "pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado. Levantaos. Vámonos de aquí." (Jn 14, 31)

¿A dónde nos lleva Jesús? Jesús nos guía y nos conduce a la “Intimidad con Dios” y al encuentro con los pecadores para que los invitemos a hacerse amigos e hijos de Dios, hermanos y servidores de los demás. Al estilo de Jesús: Sin imponerles, sin obligarlos, siendo amables, veraces y pacientes. No exijamos a nadie lo que no les hemos entregado.





 



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