EL SEÑORÍO DE JESUCRISTO

 

 

El Espíritu Santo realiza la “Obra del Padre” en nuestra vida por medio de la Evangelización y de los Sacramentos, nos ilumina y vivifica. En virtud del Bautismo y la Confirmación, somos llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo y entramos a la comunión trinitaria en la Iglesia, la cual tiene su cumbre en la Eucaristía, que es principio y proyecto de la misión del cristiano. “Así, pues, la santísima Eucaristía lleva a la iniciación cristiana a su plenitud y es como el centro de toda vida sacramental” (Doc. de Aparecida 153).

 

Un Mensaje que se pregonaNadie puede decir: “Jesús es Señor”, sino con el Espíritu Santo. (1 Co 12, 3)La obra del Divino Espíritu es llevarnos a Cristo, que a su vez nos lleva al Padre que nos da Espíritu Santo. Este llevarnos a Cristo, al “Encuentro personal” con Él, “Hasta que alcancemos todos la unidad en la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud en Cristo.” (Ef 4, 13)Es la obra que el Espíritu Santo realiza en los cristianos: actualiza en nosotros el Plan de Salvación realizado por Cristo hace más de dos milenios; nos lleva a la perfección en la caridad.

 

Querido hermano y querida hermana, pretendemos presentarte en esta segunda parte del Kerigma, los elementos necesarios que te lleven a descubrir las acción del Espíritu en tu vida y en la de otras personas dentro de la Comunidad Cristiana. Creemos con firmeza que a partir del “Encuentro personal con Cristo Resucitado”, Él mismo, nos abre la mente y nos explica las Escrituras” (cfLc 24, 27). Lo anterior nos ayuda a decir que Cristo no es solamente el objeto del Kerigma, sino el sujeto que lo dirige, lo proclama; es el anuncio en donde se oye a Dios revelarse: es actualización de la Promesa.

 

El Kerigma es Jesucristo mismo: toda su obra unida a su Persona. No solo hace referencia  a los últimos acontecimientos de la vida Jesús: muerte – resurrección y ascensión, sino que su predicación debe abarcar todo el Mensaje del Señorío de Dios, que irrumpió en Cristo, desde su Nacimiento (Lc 2, 10), vida pública del Señor, su pasión y su muerte, y sobre todo a partir de su Resurrección (Hch 10, 40-42) Kerigma es hacer qué Él reine“hasta que ponga todos sus enemigos bajo sus pies, y el último enemigo en ser destruido será la muerte” (1 Co 15, 25-26). La proclamación del Kerigma es la clave para entender el Antiguo Testamento; esa clave es Jesucristo, que su pueblo rechazó, y por lo mismo perdieron la clave para interpretar las Escrituras. (cfr. Jn 1, 11)

 

Kerigma es el Anuncio gozoso que Dios mismo predica por medio de sus pregoneros. Es “preparar los caminos del Señor, enderezar sus sendas, es proclamar la conversión.” (Mc 1, 2-4) “Y la necesidad de hacerse bautizar en el nombre de Jesucristo para que sean perdonados los pecados y recibir el Espíritu Santo” (Hch 2, 38; 26, 20b) Es anunciar y vivir el Mensaje de Salvación al cual Pablo pregona como “Misterio de Dios”. Kerigma es toda la predicación de Pablo que se identifica con Cristo; es la “Sabiduría de Dios, misteriosa,  escondida…” que se opone a la “sabiduría de este mundo”: el mensaje que proponían los judíos, quienes si lo “hubieran conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria” (1 Co 2, 7-9) No basta hablar de Dios; no basta hacer milagros o expulsar demonios, no basta, es necesario vivir el Kerigma y encontrarse llenos de la Gracia de Dios mediante una intensa vida sacramentaria para no se réprobos el día de Juicio. (Mt 7, 22- 23) El pregonero del Kerigma está llamado a ser el primero en creerlo, el primero en vivirlo y el primero en pregonarlo, para la “Gloria de Dios Padre y en bien de toda la Iglesia.

 

1.  EL SEÑORÍO DE JESÚS.

 

OBJETIVO: Jesús es el Salvador y el Redentor de los hombres, pero él ha de ser además, Señor de nuestras vidas, centro de nuestros corazones. Con este tema pretendemos ayudar a conocer el camino que nos lleva  a la perfección cristiana

          

1.    La fe de la Iglesia

 

“Nadie hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: “Anatema sea Jesús”; y  nadie  puede decir: “Jesús es Señor”, sino con el influjo del Espíritu Santo” (1 Co 12, 3) Dios ha abierto a los hombres un camino que pasa por los acontecimientos de la salvación: muerte y resurrección de Jesús. Camino que no nace del silencio sino de la escucha. Es el camino del Kerigma: ¡Jesucristo ha muerto! ¡Jesucristo ha resucitado! ¡Jesucristo es el Señor!

 

Esta es la fe que los apóstoles trasmitieron a la Iglesia y que ella quiere hoy día despertar en cada uno de los bautizados e incluso en las mismas piedras. Jesús de Nazaret, el profeta que murió en la Cruz por los pecados de todos los hombres, ha resucitado y ha atravesado los cielos para sentarse a la derecha del “Trono de Dios” y ha sido constituido “Señor y Cristo” (Hch 2, 36).

 

2.    Por la Obediencia del Hijo

 

San Pablo nos dice que Jesús por su obediencia recibió el Nombre que está sobre todo nombre…y que toda lengua proclame y toda rodilla se doble “Jesucristo es Señor” para gloria de Dios Padre. (Flp 2, 8-11) Lo que Pablo quiere expresar con la palabra Señor es precisamente aquel Nombre que proclama el Ser divino. El Padre ha dado a Cristo su mismo  Nombre, y su mismo Poder. Está es la verdad inaudita que encierra nuestra fe cristiana: “Jesucristo es el Señor” “Jesucristo es “El que es”, el Viviente. Es Dios con nosotros.

 

Pero Pablo no es el único que proclama esta verdad: “Cuando levantéis al Hijo del Hombre, sabréis que YO SOY”, nos dice san Juan en su Evangelio. (Jn 8, 24). Y también dice: “Si no creéis que YO SOY, moriréis por vuestros pecados”. La remisión de los pecados tiene lugar ahora en ese Nombre, en esa Persona, en Jesús, el Hijo amado del Padre.

 

Para san Juan el Nombre divino está íntimamente ligado a la obediencia de Jesús hasta la muerte: “Cuando levantéis al Hijo del Hombre sabréis que Yo Soy y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado” (Jn 8, 28) Jesús no es Señor contra el Padre o en lugar del Padre, sino “para la gloria del Padre”.

 

Esta hermosa Verdad que es un secreto, que está vedada para el mundo, hoy la Iglesia nos la revela, nos la entrega a los que hemos creído en el que Dios ha enviado, lo hemos aceptado como nuestro Salvador y ahora nos invita a aceptar su señorío sobre nuestras vidas. Ese dominio de Dios que fue rechazado por el pecado ha sido sustituido por la obediencia de Cristo, el nuevo Adán. En Jesús y por Jesús Dios ha vuelto a reinar desde la “Cruz” por eso que toda rodilla se doble y que toda lengua proclame que Jesús es Señor: “Para eso murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos”. (Rm 14,9)

 

 

3.    “En el REINO DE DIOS nadie vive para sí mismo”.

 

El grito de alabanza que se escuchaba como un estallido en las asambleas cristianas después de Pentecostés, llenaba a unos de rabia y a otros de alegría: “Jesús es Señor” para gloria de Dios Padre. La alegría de los cristianos está en conocer, amar y servir a Cristo para decir con Santo Tomás: “Mi Señor y mi Dios”. Realidad que sólo puede ser posible, cuando,  por la acción del Espíritu Santo nos sumergimos en la Voluntad del Padre, haciendo de su Hijo el Principio, el Centro y el Fin de nuestra vida.

 

En el Mundo el hombre vive para sí mismo; muchas veces bajo el dominio de las cosas, de las personas o de las ideologías. No así, en el Reino de Cristo, donde nadie vive para sí mismo: “Si vivimos para el Señor vivimos y sí morimos; para el Señor morimos, tanto en la vida como en la muerte somos el Señor (Rm 14, 8). Lo que realmente estamos diciendo que el hombre es un ser para la entrega, que nuestra vida no nos pertenece, su Dueño es el Señor. Es muy bueno que ya estemos diciendo que Jesús es nuestro Salvador, pero, es también necesario que reconozcamos a Jesús como SEÑOR DE NUESTRA VIDA Y DE NUESTRA HISTORIA.

 

El camino para vivir el Señorío de Jesús es: “Ser de Cristo” (1 Co 3, 23). Ser pertenencia de Cristo, que Jesús sea el “Mero, Mero” en tu vida. Ser de Cristo implica haberlo recibido como Salvador y haber recibido su perdón y su paz. ¿Ustedes de quien quieren ser? San Pablo en la carta a los Gálatas nos dice: “Para ser libres nos liberó Cristo”. (Ga 5, 1) Libres de toda esclavitud, y libres para servir a los hombres. Es la enseñanza del Maestro: “No he venido a ser servido, sino a servir” (Mc 10, 45). Jesús ha venido a nuestra vida para liberarnos del pecado, de la idolatría, destruir las obras del Diablo y darnos el don del Espíritu Santo.

 

La verdad es que el hombre ha sido puesto en mundo para ser amo y señor de las cosas: vivir por encima de ellas; no fue creado para vivir por encima de los demás, como tampoco fue creado para vivir por debajo de los otros. Los señores de la tierra son opresores, son explotadores, están llenos de mentira, fraude y engaño, quienes viven el Señorío de Cristo no son de esos.

 

El hombre existe para entregarse, para darse para servir a impulsos del amor. Con su voluntad el hombre se ata, se adhiere a “algo” o a “alguien”. El ser humano se ata o se une a lo que ama, aquello que la inteligencia le presenta como bueno. ¿Qué sucede si me ato al mal? ¿Qué sucede si me adhiero al bien? ¿Qué sucede si me uno a Dios? Si me uno al mal, me hago malo, si me uno al bien me hago bueno y si me uno a Dios me divinizo. Me hago uno con Él en Cristo Jesús, “Camino, Verdad y Vida”, y todo el que se une a Él,  vive en la verdad, practica la justicia, camina en la libertad y vive para amar. En pocas palabras se realiza plenamente como ser humano.

 

El hombre que se adhiere al error, es un oprimido y es esclavo del mal. En cambio  si se  adhiere al bien se hace siervo de Dios. De la misma manera que el hombre que vive para sí mismo se asfixia en su propio ego. No hay término medio, o frío  o caliente. Sólo hay dos caminos, uno lleva a la vida el otro al libertinaje y por ende a la muerte. No hay término medio, si tú me dices yo tengo mi propio camino, ese sería un camino, ni tan ancho ni tan angosto, ni frío ni caliente, más bien sería tibio y la Palabra de Dios nos dice que la tibieza espiritual no es grata a Dios. “Conozco tu conducta, no eres ni frío ni caliente; ahora bien puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mí boca”(Ap 3, 15- 16)

 

4.    ¿Cómo entiende la Biblia la palabra SEÑOR?

 

¿Qué significa la Palabra Señor? En primer lugar designa a la persona que tiene dominio sobre tierras o cosas, es dueño. Por ejemplo los señores feudales y los hacendados se creen dueños de vidas y haciendas. Jesús no es de estos, hoy día a esos señores nadie los quiere. Otra palabra muy semejante es la palabra “amo” que tiene casi el mismo significado, pero que hace referencia más bien a personas que son cabeza de la casa y que tienen uno  o varios criados. El Amo es el que hace y deshace.

 

Para los judíos el NOMBRE de Dios revelado a Moisés en el libro del Éxodo (3, 14) es tan SAGRADO que no se atrevían a pronunciarlo y encontramos que en la Biblia griega el NOMBRE es traducido por “Kyrios” (Señor). Señor se convierte desde entonces en nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en sentido fuerte el título de Señor para designar al Padre, pero también lo emplea, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios. (1 Co 2, 8;  Flp 2, 6-11)

 

1.     Hechos 2, 36. Independientemente de lo que digamos, Jesús es Señor, pues Dios lo ha constituido Señor y Mesías.

2.     Juan 13, 13-14. Ustedes me llaman Maestro y Señor, y en verdad lo soy….

3.     Mateo 20, 28. “Mi Señor y mi Dios” la frase más bella de la Biblia que mejor nos habla de lo que Jesús: Señor de señores. Dios de Dios.

4.     Colosenses 1, 15-18. Imagen de Dios Invisible. Es también la cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. El es el Principio…

5.     Filipenses 2, 6-11. Jesús es de condición divina….que toda rodilla se doble…y toda lengua proclame que Jesús es  SEÑOR.

 

La experiencia nos dice muchísimos son los bautizados, muchos los creyentes, pocos los practicantes y poquísimos los comprometidos con la causa de Cristo. Quiero decir que con esto que muchos creyentes no viven bajo el Señorío de Cristo, más bien llevan una vida según la carne: vida mundana y pagana dando culto a los ídolos del poder, del placer o del tener. Podemos dividir nuestra vida en dos: antes y después de conocer a Cristo.

 

 

 

 

 


Antes de conocer a Cristo.                      Después de conocer a Cristo         Jesús es Señor     

                                                                                           

El Yo es el centro                        Jesús ya está dentro…                         Jesús es el centro y

Cristo está fuera de la vida.         Pero el Yo sigue siendo el centro.       el Yo está a su lado.

A mi alrededor; dinero,               A mi alrededor sigue el dinero,          Todo ha sido puesto

alcohol, sexo, etc.                        fama, el tabaco, diversiones.            bajo los pies de Cristo

                       

 

5.    ¿Cómo hacer a Jesús Señor de nuestras vidas?

 

Existen dos capitanes, dos señores, dos reinos: el de la luz y el de las tinieblas. En el Reino de  la luz, Cristo es el Rey, es el Capitán, mientras que el reino de las tinieblas, el Diablo es el jefe. ¿En cuál reino te encuentras? ¿Cómo saberlo? ¿Cuál voluntad estás haciendo? ¿Tú voluntad o la de Dios? En reino de la Luz sólo viven los que hacen la voluntad de Dios manifestada en Cristo Jesús. ¿Cómo hacer a Cristo Jesús Señor de nuestras vidas? Lo primero es:

 

1.       El encuentro personal con Jesús, Buen Pastor. Encuentro liberador y gozoso que divide la vida de los creyentes en dos: antes y después de conocer a Cristo. Antes yo era el rey, el centro de mi vida. Mi felicidad estaba en las cosas: dinero, sexo, alcohol, droga, amigos, carros, etc. El Señor estaba fuera de mi vida. Con el encuentro con Cristo se inicia el proceso, Él entra en mi vida y se experimenta el poder de Dios y lo bueno que es el Señor.

 

¨     La clave: “Hacer en todo la voluntad de Dios”. “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5). Buscar y realizar su voluntad es poner a Jesús por encima de todo lo creado. El cristiano que camina con decisión por los caminos de Dios aprende a discernir entre el bien y el mal, y se hace adulto en la fe, capaz de vivir de una manera digna según el Señor, dando frutos buenos y creciendo en el conocimiento de Dios. (Col 1, 9-10)

 

¨     La Ley: Amar como Jesús, a todos y siempre. Cuando la Ley de Cristo reina en nuestros corazones, las cosas ya no se hacen por obligación ni por que toca; todo se hace con alegría y por amor al Señor, por eso se puede decir con san Pablo: “Todo lo que era importante para mí, lo considero basura y lo doy por pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo, mi Señor”. (cfr. Flp 3, 10-11).

¨     El compromiso: ser servidor de los demás. Jesús es Señor de los que permiten que Él  les lave los pies. Jesús dice: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y lo  soy, pues si yo que soy Maestro y Señor les he lavado los pies, haced vosotros lo mismo” (Jn 13, 13-14). El señorío de Jesús es para el servicio del hombre: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28)

 

2.       La purificación del corazón o destrucción de los Ídolos. El Señor Jesús no entra en nuestros corazones con sus manos vacías. ¿Qué lleva? La Espada de doble filo y viene a echar fuera de “Casa” todo lo que no sirve, lo que ocupa el lugar de Cristo; viene a destruir nuestros falsos dioses Entra también en nuestros corazones como Luz que ilumina todas dimensiones de nuestra vida. Paso a paso, de obra en obra, el Espíritu del Señor va rompiendo ataduras, destruyendo ídolos, limpiando la casa; espíritu de machismo…espíritu de brujería…espíritu de alcoholismo…espíritu de adulterio…espíritu de libertinaje…espíritu de grosería, fuera y al fuego.

 

3.          La opción por Jesucristo y rompimiento con el mundo. El Señor Jesús no pide poco, tampoco pide mucho, Él lo pide todo. Pide pero no exige. Es un Caballero y respeta nuestra libertad: “Si tu quieres”… ¿Cuándo se hace la opción por Jesús? ¿en qué momento? La opción por Jesús es un momento de gracia, es don y respuesta…implica dos certezas: La certeza  que Dios me ama… “me amó y se entregó por mí”. Yla certeza que yo también lo amo…y hago alianza con Él.

 

Cuando esta doble certeza se enraíza en el corazón de los discípulos, entonces, libre y conscientemente se decide uno por Cristo y por su Evangelio. Es decir, se guardan los Mandamientos y se acepta libre y gozosamente la llamada al servicio. Jesús pregunta a Pedro: “¿Pedro, me amas”. El no hace alianza con esclavos…el mundo los odia porque ustedes me aman, si ustedes me  odiaran el mundo los amaría.

 

4.       Vida de pertenencia a Jesús. Mateo en el Evangelio nos presenta la parábola de la “perla preciosa”. (Mt 5, 45). La Perla no será nuestra si no estamos dispuestos  a darlo todo: familia, amigos, bienes materiales, morales, defectos, vicios, enfermedades. Entregar lo bueno y lo malo. Ponerlo todo a los pies de Cristo. Para que pueda ser el Señor  nuestro. No somos de las cosas, somos del Señor con todo y cuanto tenemos, por eso, lo que sabemos, tenemos y somos, todo lo ponemos con alegría al servicio de quien lo necesite. El Señorío de Jesús es el camino de desprendimiento y de comunión con Dios y con los demás especialmente los más pobres.

 

5.       Vida consagrada al Señor. La vida humana solo se hace cristiana cuando se gira en torno como siervo de Jesús; sólo entonces  es fuente de alegría cristiana. Sierva de Dios fue el título favorito de María: “He aquí la esclava del Señor”.(Lc, 1, 38) Pablo, siervo de Jesucristo por voluntad del Padre, se consagra totalmente y con alegría al servicio de la salvación de los hombres. Razón por la que puede vivir para Dios y confesarnos  que todo, lo que antes de conocer a Cristo era valioso para él,  después de haber experimentado lo sublime del amor de Cristo, lo considera basura, lo da por pérdida. (Flp 3, 7)

 

En la carta a los Romanos encontramos un texto que nos manifiesta en que consiste una vida consagrada al Señor: “Hermanos os exhorto por la misericordia de Dios a que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostias vivas, santas y consagradas a Dios; ese ha de ser vuestro culto espiritual” (cfr. Rm 12, 1-2)

 

Reconocer, aceptar y proclamar a Jesús como Señor es algo que solo puede ser fruto de la acción del Espíritu Santo en nuestra vida.

 

6.    Manifestaciones del Señorío de Cristo en nuestra vida.

 

La voluntad de Dios para nosotros es hacernos tener parte con Él. La voluntad del Señor manda siempre lo mejor para el hombre, aunque éste no lo alcance a ver  de esta manera: “Porque ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1  Tes 4, 3). ¿Podrá existir algo mejor para nosotros que nuestra santificación? Las manifestaciones que podemos ver en nuestra vida, pueden ser, entre otras:

 

¨     Cambio de una  manera de pensar egoísta a una, con sentido comunitario. De mi carro a nuestro carro, del yo al nosotros, de lo mío al nuestro.

¨     Se pone lo que se tiene al servicio de quien lo necesite. El desprendimiento de las cosas y de realidades buenas para abrirse al servicio.

¨     La administración de la economía. Ya no se gasta en lo que no se necesita. No se derrocha en cosas innecesarias, en lujos superfluos. En cosas vanas.

¨     Disponibilidad para abrazar la voluntad del Padre. Disponibilidad para hacer el bien, sin buscar el propio  interés.

¨     El cultivo de los valores del Reino. La verdad, la justicia, el amor y la libertad.

 

Los Padres de la Iglesia de los primeros siglos nos dicen: “Todo gasto superfluo es un fraude a los pobres”. Todo derroche en vicios y en lujos innecesarios es fraude, es engaño….es darle el lugar de nuestra vida que le corresponde a Cristo, a las cosas, a los perros y a los cerdos.

 

María es el mejor ejemplo que tenemos de alguien que haya realizado en su vida el señorío de Cristo. Ella es la primera discípula, por eso es también hija predilecta del Padre y Sagrario del Espíritu Santo. En cada momento de su vida abrazó la voluntad de Dios hasta el fondo, por eso es Virgen fecunda y Madre Admirable.

 

Señora del servicio ayúdanos a conocer, amar y servir a Jesús, el Señor de cielos y de tierra, al único, al glorioso e inmortal, al Hijo de Dios

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