JESÚS, EL PROFETA DE LA ESPERANZA

 

Jesús, Profeta de la Esperanza

 

Objetivo: Resaltar la importancia de la Esperanza cristiana en la vida de los discípulos como fuerza motivadora en los senderos de la vida.

 

Iluminación: Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria (Col 3, 1-4).

 

Por los Profetas, Dios forma a su Pueblo en la Esperanza de la salvación, en la espera de una Alianza nueva y eterna destinada a todos los hombres (Catic 64; Is 2, 2-4)

 

1.    Jesús el Profeta de la Esperanza.

 

De manera que el hombre de esperanza es un protagonista del cambio social y de su propia historia; es un buscador y promotor de valores y un defensor de los derechos de sus hermanos, los que no tienen voz, como tampoco, tienen lo necesario para vivir con dignidad. Podemos llamarle un profeta de la Esperanza. Esperanza que lo prepara y capacita para la Misión. Como Jesús, Esperanza de los hombres que instauró en la tierra la única revolución capaz de cambiar al mundo; la revolución del servicio: “ustedes me llaman Maestro y Señor, y lo soy, pues bien si yo siendo maestro y señor les he lavado a ustedes los pies, hagan ustedes lo mismo” (cfr Jn, 13, 13) Lavar pies es ayudar a los demás a crecer en la fe; a ser hombres y mujeres de esperanza, que aprendan a llevar una vida digna, mediante el cultivo de sí mismos y en el servicio a los demás.

 

2.    El discípulo de la Esperanza.

 

“Bástale al siervo ser como su señor, y al discípulo, ser como su maestro” (cfr Jn 13, 16) Ser como el Maestro: humilde de corazón, desprendido de las cosas materiales, generoso, compasivo y misericordioso. El discípulo de la Esperanza ha de ser agradecido y servicial, capaz

de mirar con los ojos de la fe que son: la esperanza y la caridad. Capaz de vivir en comunión solidaria con el pueblo de Dios. Es un hombre que no da las cosas por hechas, ni espera que otros las hagan, su vida y destino es abrir caminos, campos de acción para que otros busquen, encuentren y realicen el valor supremo

de la “dignidad humana y cristiana”.

Discípulo es el hombre que se ha dejado lavar los pies por el Maestro y Señor (Jn 13), por eso puede compartir su esperanza y su vida en la entrega y la donación como servicio a los que se dejen lavar los pies por él. La fuerza de la esperanza lo pone en camino con una toalla en una mano y con una cubeta de agua en la otra, busca a quien lavarle los pies, es decir, a quien amar, ayudar y servir; su mente, voluntad, corazón y su imaginación creativa, siempre estará orientada a favor de los demás. Sólo entonces comprenderemos que la esperanza nace y crece en el corazón pobre y sencillo para desplegarse en la donación, entrega y servicio a los pobres.

 

3.    Exigencias de la esperanza cristiana.

 

Es la respuesta en la fe que el cristiano está llamado a dar. Es respuesta que pone en camino para salir del ”exilio”, poniéndose en éxodo hacia los terrenos de Dios, dejando atrás la servidumbre

de la carne:

 

Exige ser hombres y mujeres de la escucha. Urge el cultivo de un oído atento para escuchar el clamor de los pobres y la voz de la propia conciencia que clama por ayuda y servicio a los menos favorecidos. Urge abrir los ojos de la fe: la esperanza y la caridad, para mirar la miseria y pobreza de muchos hermanos y hermanas que viven en situaciones infrahumanas.

 

Exige ponerse de pie, es decir, con los pies sobre la tierra, con dominio propio y libre de cualquier forma de manipulación, interna o externa, para ir hacia el encuentro de los excluidos de la sociedad.

 

Exige salir fuera y ponerse en camino de éxodo, para salir del exilio. Sin éxodo no habrá liberación de los males que esclavizan, alienan, oprimen y explotan a los seres humanos. El éxodo cambia la mente negativa, pesimista y destructiva por una manera nueva de pensar que busca el bien de los demás y no los éxitos personales.

 

Exige ser hombres y mujeres justificados, reconciliados y revestidos con la alegría de la liberación, y a la vez, ser personas portadoras de paz evangélica que lleva por los caminos de la no violencia. Es decir son

personas salidas de las manos de Cristo como regalo para los demás.

 

4. Promesa y Misión confiadas a la Iglesia y a toda la Humanidad.

 

La esperanza cristiana pertenece a las Promesas del Dios de la Biblia, fuente de toda esperanza.

Dice María en el Magnificat que Dios prometió salvación antiguamente y que en la plenitud de los tiempos la está cumpliendo (Lc 1, 67ss; Gál 4, 4)

 

El Padre envió a su Hijo a quien ungió en el Jordán con Espíritu Santo para que realizara el Plan de salvación a favor de toda la Humanidad. Jesús a su vez, envió a sus Apóstoles y en ellos a toda la Iglesia, haciéndoles partícipes del don del Espíritu Santo para que realizaran en la Historia la misma Misión que el Padre, en su designio de amor, le había confiado a Él.

 

La promesa de Jesús a los que envía está cimentada en tres palabras: “Te amo, estoy contigo y estoy en tu esquina”. Palabras que son la fuerza de la esperanza cristiana. Palabras llenas de amor, de vida, de ánimo, de fortaleza, capaces de poner de pie y hacer caminar con alegría y agradecimiento a quien las escucha con los oídos de la fe, es decir, del corazón. Estaré contigo para instruirte en la verdad, en la justicia, en la libertad, en tu lucha contra los poderes del mal. Jesús en cambio pide fidelidad a la alianza de comunión y de amor para realizar con la fuerza de la esperanza la obra encomendada: mostrar el rostro de Cristo a los hombres. A quienes caminan en comunión solidaria con Jesús y con su pueblo les da “sabiduría y discernimiento espiritual” para

realizar la Misión.

 

5. La esperanza cumplida.

 

En el encuentro con Cristo, la fe se hace acontecimiento de vida, de esperanza y de amor gratuito. La fe hecha experiencia permite que los conocimientos que tengamos en la cabeza bajen al corazón, dejando de ser conceptos vacíos, se convierten, por la acción del Santo Espíritu en vida y esperanza, luz y motor de la vida nueva. La experiencia de la fe, que es experiencia de la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es llamada por Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo el Bautismo en el Espíritu Santo. Experiencia en la que Cristo deja en nuestro corazón una Presencia nueva: La gracia del Espíritu Santo a la que el Papa Benedicto XVI llama: Esperanza, motor de la

vida nueva en Cristo Jesús.

 

Experiencia que nos pone en camino, nos lanza hacia el futuro, hacia el mundo de la Esperanza, como peregrinos que vamos hacia el Padre, y por la cual, esperamos la gloriosa venida del Señor Jesús al final de los tiempos, como también, su venida permanente y escatológica en cada cristiano y en la Iglesia. Experiencia que pide la presencia de un Cristo vivo, que por la fe, la esperanza y la caridad habita en el interior del

cristiano (Ef 3, 16-17).

 

Como promesa, la esperanza cumplida, nos hace participar ya desde esta vida de la “Gloria de Cristo” y ser “alabanza de su gloria”. Somos ya, desde esta vida, salvados en “esperanza”. No obstante, estamos en el “ya, pero, todavía no”. Hemos ya entrado en el Reino de amor, paz, gozo y justicia, pero todavía no plenamente. La Plenitud en Cristo exige salir del exilio en éxodo hacia la “Tierra nueva”, siguiendo a Cristo, Paz y

Esperanza de los hombres que han sido justificados por la fe. Caminar con él por la senda del sufrimiento, de la pasión, muerte y resurrección, para participar de la esperanza pascual, de su reino y de su reinado, para decir con el Apóstol: “sufro dolores de parto por ver a Cristo formado en ustedes”.

 

La esperanza cristiana nos dice que por el camino permanente de éxodo, el cristiano conoce el crecimiento del reino de la esperanza en su

corazón y en su ambiente; crecimiento que no es automático, es participación, gracia y respuesta, para crecer en libertad y en fidelidad creativas mediante el cambio permanente de mente y corazón. Sólo con la fuerza de la esperanza, el hombre que está en Cristo, puede aborrecer el mal y amar apasionadamente el bien (Rom 12, 9), pertrechado con la coraza de la esperanza, vencer con el bien el mal (Rom 12, 21).

 

6. La esperanza es fuente de animación.

 

La esperanza nos da el deseo de crecer y el deseo de ser, por encima del deseo de poder, tener o placer. Nos da el deseo de madurar en la fe y como personas; pone la vida en movimiento, nos lleva de obra en obra descubriendo así, la novedad del Reino y lo que es grato a Dios y bueno para nuestra edificación personal. La esperanza cristiana es fuerza para luchar contra el propio egoísmo; contra nuestro propio pecado y el de los demás; es confianza y perseverancia en el camino de liberación de las fuerzas opresoras del mal. Fuente de esta esperanza es Dios que nos ama y nos bendice a manos llenas para que permanezcamos fieles y en conexión con él. Permanecer fieles al amor y a la verdad reveladas en Jesús. Esta comunión con la vida Trinitaria nos

ilumina la mente, fortalece nuestra voluntad y sana el corazón de las heridas del pecado para que en la presencia de Dios, reconocernos pobres y humildes de corazón; pecadores necesitados de su misericordia; aceptar con valentía las fallas de la vida; en alabanza gozosa y agradecida; en oración confiada, cálida, continua, agradecida e intercesora; en fidelidad a la Palabra y en la docilidad al Espíritu Santo. Sólo de esta manera el

cristiano será capaz de “mirar con los ojos de la fe”.

 

La Iglesia necesita hombres y mujeres llenos de la esperanza cristiana que sean capaces de ver la realidad con los ojos de la fe para que puedan ser luz, sal y fermento en una humanidad amenazada por el desaliento y el derrotismo.

 

Oremos: (Mt 11, 25- 30)

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