JESÚS ME SANÓ DEL MIEDO Y ME HIZO SU DISCÍPULO


Jesús me sanó del miedo y me hizo su discípulo.

Objetivo: Animar a los neo- conversos para que enamorados de la Persona de Jesús y de su obra se decidan a seguir a Cristo y a poner su vida al servicio del Evangelio.

Iluminación: “No teman dice a Jesús acercándose a unos discípulos espantados y aterrorizados por el miedo al verlo caminar sobre las aguas (Mt 14, 22- 30).

No basta con llamarnos cristianos, hay que ser discípulos.  Podemos rezar, leer la Biblia, recibir los Sacramentos y, a pesar de eso, sentirnos llenos de angustia, caer en la frustración, no ser felices. La razón no tenemos un conocimiento personal de Cristo debido a la mediocridad de nuestra fe, a la superficialidad de la misma o al divorcio entre fe y vida. Por un lado creemos y por otro lado vivimos, nuestra vida se encuentra dividida, desgarrada y por lo mismo llevamos una existencia arrastrada gobernada por las fobias que son fuente de comportamientos neuróticos y hasta esquizofrénicos.

¿Cuál es la causa de los miedos? Muchas explicaciones pudieran darse al respecto, pero no tengo miedo en afirmar a la luz de mi propia experiencia que los miedos vienen de un vacío existencial, de las imágenes falseadas que se tienen de Dios, de la vida y del hombre; como también puede ser su causa una vida carente de sentido y de la ausencia casi total de vida interior. La verdad es que el pecado de la cobardía ha echado raíces y se ha instalado en el corazón de muchos llamados creyentes.

¿Miedo a qué? Miedo a la soledad, al mañana, al que dirán, a la pobreza, a la enfermedad, al fracaso, hacer el ridículo; miedo al servicio a favor de los pobres; miedo a afrontar el sentido de nuestro vivir diario y a confrontarse con la verdad; miedo a los otros, al sentido de autoridad, miedo al compromiso. Los miedos son fisuras por las cuales se escapa el buen olor de Cristo y entran otros olores, otros espíritus.

Pero, por encima de estos, y muchos otros miedos más, está el miedo a tomar en serio todo lo que el Evangelio significa, tal como Jesús nos lo propone: vivirlo sin componendas. Lo que exige escuchar la Palabra de Cristo que nos invita a salir fuera de nuestros nidos y madrigueras (Lc 9, 58), es decir, abandonar el “exilio”, entendido como situación de servidumbre, de lejanía de la patria y de ausencia de valores, para ponerse en camino de “éxodo” hacia la tierra que mana leche y miel (Ex 33, 3), dejando atrás los terrenos de la idolatría, del conformismo y del individualismo para ir adentrándose en medio de dificultades hacia los terrenos de Dios: la libertad, la solidaridad, el servicio libre, consciente y gratuito a los demás. Jesús sana al hombre para que se convierta en servidor de sus hermanos, para que por la acción del Espíritu nos hagamos sus discípulos misioneros, portadores de su mensaje de salud salvífica.

Nuestra realidad existencial. La pregunta de los discípulos. “Maestro, ¿No te importa que nos hundamos?” Es el grito de unos discípulos llenos de miedo y de angustia frente a un mar huracanado que amenaza con hundir la barca mientras Jesús duerme y descansa después de un día agobiador por el exceso de trabajo. No dudemos en decir que la angustia es la barrera que nos impide confiar en Jesús. ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe? Pregunta Jesús a sus discípulos (Mc 4,35- 40). El miedo paraliza a la persona e impide su crecimiento integral: enferma, deshumaniza y despersonaliza. Es normal que sintamos cierta porción de miedo, pero hemos de enfrentarnos a él y vencerlo con el poder de la fe.

¿De qué fe se trata? La fe viva, auténtica, la que es iluminada por la caridad (Gál 5, 6). La fe que no es un tranquilizante para vivir cómodamente rodeados de esplendor, lujos, sexo, diversiones, llevando una vida llena de dependencias, apegos desordenados y vicios. La fe no es el opio del pueblo que adormece a unos y paraliza a otros. La fe verdadera, despierta a los hombres, los cuestiona, los sacude, los pone de pie para que caminen con dignidad, y se proyecten, hacia su plena realización. La fe que no se hace cultura no es auténtica.

No así los miedosos que llevan una vida arrastrada, tienen miedo a enderezarse y poner los pies sobre la tierra. Tienen miedo extender la mano para compartir con otros, especialmente, los pobres, por eso temen a su cercanía. El miedo que se anida en el corazón del hombre, es a la vez, la capa que reviste y paraliza el interior de las personas miedosas para que no amen ni se dejen amar. A todos Jesús nos dice: “No teman, tengan confianza, mi Padre los ama y yo también los amo”. “¿Por qué se preocupan por el día de mañana? Cada día tiene sus propias preocupaciones” (Mt 6, 34). Como si nos dijera: no quieran vivir en el futuro que todavía no llega”.

El Señor quiere sanarnos. Jesús quiere sanar nuestro corazón de las inseguridades, celos y miedos que generan comportamientos enfermizos que son generados por la inseguridad que responde a un ser humano vacío de confianza, esperanza y caridad. “No teman, es el saludo de Jesús a sus discípulos”. Es a la vez el saludo de Dios a lo largo de toda la Sagrada Escritura. “No temas le dice ángel Gabriel a Gedeón y después a María” (Lc 1, 26ss). “No teman dice a Jesús acercándose a unos discípulos espantados y aterrorizados por el miedo al verlo caminar sobre las aguas (Mt 14, 22- 30)El mismo día de la resurrección Jesús saludo a los suyos diciéndoles: No teman, soy Yo” (Jn 20, 19ss). Jesús sanó  a la mujer adúltera del miedo a la muerte, de la vergüenza y del pecado (Jn 8, 1-11).

“No hemos recibido espíritu de miedo o de cobardía nos dice Pablo, sino de amor, fortaleza y domino propio (2 Tim 1,7). Espíritu que se recibe para responder al llamado de Dios de obrar con justicia, fraternidad, solidaridad y cercanía con los pobres. Lo que todo auténtico creyente debe saber que Dios no quiere que nos hundamos en el lodo, o que nos destruyamos unos a los otros. Dios es un Padre misericordioso a quien no debemos temer; como tampoco Dios nos envía las enfermedades o los accidentes, ni nos busca para castigarnos. La confianza en el amor de Dios es fuente sanadora y liberadora de miedos y de neurosis.

Condiciones para seguir a Jesús. La advertencia de Jesús a un voluntario que se ofrece a seguirlo, tal vez motivado por la personalidad y enseñanza del Profeta de Nazaret: “Maestro te seguiré a donde vayas”. A lo que Jesús responde: “La aves tienen sus nidos y las zorras tienen sus madrigueras, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc 9, 57s). Muchos han entendido que las palabras de Jesús hacen referencia a su pobreza, mientras que otros afirman que le avisa al postulante a su discipulado que con Él no hay tiempo para perder, no habrá seguridades económicas, vacaciones pagadas ni tiempo para descansar. Para comprender el peso y el contenido de las palabras proféticas de Jesús, escuchemos las condiciones del discipulado: “El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día  y me siga” (Lc. 9, 23). La clave para entender el mensaje está en el “Niégate a ti mismo”.

Negarse y renunciar a los “nidos” que son las dependencias, los apapachos  interpersonales,  los apegos o comportamientos infantiles: modos de buscar vivir en la comodidad, en el esplendor o en los apegos a las personas que pueden ser nuestros padres, hermanos, amigos, etc. La experiencia de Dios es fuente de salud y energía espiritual que nos pone en camino para seguir a Cristo, conocer la verdad, practicar la justicia.

Enfermos  ¿de qué? La enfermedad, es ausencia de salud, de vida, razón por la que podemos afirmar que existen enfermedades que son fuente de opresión. Cuando el Señor Jesús habló de las madrigueras y de vicios, de cegueras y parálisis espirituales que atrofian nuestra vida y desvían a los hombres hacia situaciones de desgracia, de no salvación, que no son queridas por el Señor de la Vida para sus servidores. Él está haciendo referencia a un estilo de vida llamado por Pablo: un vivir según la carne, un modo de vivir que es mundano y pagano, vida de pecado. Las madrigueras son el hábitat de las zorras y de otros animales salvajes. ¿Qué se puede encontrar en ellas? Pensamos que son huesos secos, pellejos, pelos, pestilencia.

En Jesús no hay nidos ni madrigueras, es decir, no hay pecado ni dependencias. Él es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6); Jesús es la resurrección y la Vida (Jn 11, 25). Jesús es la Luz del mundo, y en Él no hay tinieblas” (Jn 8, 12). Él quiere que sus discípulos lo acepten a Él, su Mensaje, su Misión y su Destino para que puedan vivir como Él, que se pasó la vida haciendo el bien y liberando a los oprimidos por el Diablo (Hech 10, 38). Las condiciones para ser discípulo y seguir a Jesús son a la vez mecanismos liberadores del miedo, de toda inseguridad que impida que su Reino de amor, paz y gozo crezca en nosotros. Son cuatro condiciones fundamentales:

·       La escucha y obediencia a la palabra de Cristo, Maestro y Pastor. Tal como lo hizo Zaqueo que a la voz de Jesús se bajó del árbol y con alegría abrió las puertas de su casa (Lc 19, 1ss). Como lo hicieron los 10 leprosos que fueron sanados por el camino en obediencia a la palabra de Jesús.
·       La aceptación libre y consciente de pertenecer a Cristo y a su Grupo. Ser de Cristo y de su Comunidad. Todo el que pertenece a Cristo está crucificado con él, muriendo al pecado y viviendo para Dios (Gál 5, 24).

Pertenecemos al Señor en la medida que estemos en íntima comunión con Él, pongamos en Él nuestra confianza, obedezcamos sus Mandamientos, lo amemos, lo sigamos, lo sirvamos y le consagremos nuestra vida. Quien es de Cristo vive en comunión solidaria con el Pueblo de Dios, especialmente los menos favorecidos, los pobres.

¿Cómo dejar los nidos y las madrigueras? Con la gracia de Dios y nuestra colaboración por la fe en Jesucristo nuestro Salvador, Maestro y Señor que derrama su amor en nuestros corazones con el Espíritu Santo que Él nos ha dado (Rom 5, 5). Todo es gracia y respuesta. Escuchemos la profecía de Ezequiel: Escucha pueblo mío: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros; os sacaré de vuestros sepulcros y os llevaré a vuestro suelo e infundiré mi Espíritu en vuestros corazones” (Ez. 37, 12s). Abrir la tumba equivale a destapar la “cloaca de un drenaje” para que manifieste lo que hay dentro: suciedad, escoria, huesos secos, etc. ¿Qué hace el Señor nuestro Dios para sacarnos de los sepulcros?

La respuesta la encontramos en la misma Sagrada Escritura: La justicia de Dios se ha manifestado en Cristo Jesús nacido para nuestra salvación y “entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4, 25). En la carta los colosenses nos dice: “Dios nos libró del poder de la obscuridad y nos llevó al reino de su amado Hijo” (Col. 1, 13). Cristo pagó el precio para sacarnos del pozo de la muerte y llevarnos en alas de águila a la Casa del Padre y ser injertados en el Cuerpo de Cristo por el Bautismo (Gál. 3, 26). El que cree en Jesús se apropia de los frutos de la redención, y en virtud de la sangre de Cristo sus pecados son perdonados y recibe el don del Espíritu Santo (Ef. 1, 7; Rom 5, 5).

La experiencia religiosa fruto de la acción del divino Espíritu nos lleva a decir que todo parte de la iniciativa de Dios: “Cuando el Espíritu Santo venga él nos dará la conciencia de pecado, nos llevará a un juicio en donde Satanás es echado fuera y nos conducirá por los caminos de la rectitud” (cfr Jn 16, 7- 8). El primer regalo que Dios nos hace es el don de su Palabra que ilumina nuestras tinieblas para que reconozcamos nuestros vicios, madrigueras, dependencias, ataduras, cegueras o pecados, para luego llevarnos al encuentro con Cristo que nos libera de nuestras cargas e inflama nuestro corazón con el fuego de su amor (Lc 12, 49). Ahora si podemos caminar en los caminos de Dios: guardar sus mandamientos y practicar sus virtudes para llevar una vida digna del Señor (Col 1, 9- 12).
¿Cuál ha sido nuestro mérito? Apropiarnos por la fe de los méritos que brotan del corazón de Jesucristo, y que son muchísimos. Hoy, podemos salir de nuestras madrigueras mediante la escucha y la obediencia a la Palabra de Cristo, haciéndonos sus discípulos, y aceptando, libre y conscientemente ser pertenencia total y exclusiva de Cristo y de su Grupo.

Quien camina detrás de Cristo, sigue sus huellas, y con la fuerza del Espíritu, se esfuerza y renuncia a sus “huesos secos” hasta llegar al sacrificio de sí mismo, para adentrase en los terrenos de Dios, revistiéndose por la acción del Espíritu Santo, presente en la Palabra de Cristo y en los Sacramentos, del Amor, la Verdad y la Vida, para decir con san Pablo: “No vivo yo es Cristo quien vive en mí, y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por la fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gál 2, 19-20).

Padre, por Cristo y María, concédenos Espíritu Santo.

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